Las crisis sociales, aquí y en cualquier parte del mundo, no son más que crisis éticas. Las provocan personas que desconocen el sentido de la integridad, de la conducta rectilínea, y que marchan por la vida cambiando de acera o de color, de acuerdo con lo que más les conviene, y que, con sus actos, muestran desconocer los rudimentos del comportamiento moral.

Cuando un hombre o una mujer son íntegros, ya se sabe qué esperar de ellos; no suelen sorprendernos. Porque, a lo largo de su vida, han construido una imagen pública que los vuelve predecibles. El problema mayor se da se da cuando, al final, no hay correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se espera y lo que resulta. Porque la falta de integridad, e integridad etimológicamente procede del latín ínteger, entero, conduce a la escisión, a la falta de coherencia, a la desunión, al polimorfismo, a la posesión de varios rostros, de caras diversas. Y eso es trágico para la persona y para la sociedad.

Por eso es que estoy cada vez más convencido, y lo repito cada vez que puedo, no puede existir una ética pública y una ética privada. Yo no puedo ser fiel a la República, para el caso, si le soy infiel a mi mujer; no puedo ser honrado si no pago mis impuestos; no puedo estar sinceramente comprometido con el país si no respeto a mis vecinos, si pongo mi basura en su portón o dejo que mi perro haga sus necesidades en su acera. La conducta ética no se encuentra solo en las hazañas clamorosas sino en la puntada con que se teje el día a día, en cada respuesta amable, en cada “gracias”, en cada “con permiso”, en cada actitud empática ante la manera de ser de los demás, aunque nos resulte molesta o inoportuna.

En el matrimonio, en la vida familiar, en las relaciones interpersonales, en la vida política de la nación, las crisis surgen cuando falta tolerancia, o cuando no se cumple con la palabra empeñada, o cuando el egoísmo o la soberbia levantan muros infranqueables entre los que, por principio, deberían compartir armónicamente unos espacios.

La mentira, el irrespeto, la descortesía, el insulto, la descalificación del otro, no importa quién las produzca o manifieste, generan seguras crisis. Pero cuesta muchísimo entenderlo, porque para poder hacerlo, hay que sincerarse con uno mismo y con los demás. Y arrancarse la máscara es difícil, doloroso. Sobre todo cuando el entrenamiento ético, la práctica cotidiana de virtudes humanas, nos resulta algo extraño, lejano, imposible de comprender.