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“Cuando tengo dinero en las manos me vuelvo loco, ese es el problema”. Estas palabras me han hecho reflexionar más de una vez en esa inclinación a realizar actos contrarios a la moral establecida. El diccionario lo resume con una palabra: vicio. “¡Qué poder tienen las adicciones en la vida de un ser humano!”, escribía el teólogo costarricense Óscar Arias. “Ni aun las advertencias verbales o escritas hacen que alguien necesariamente las abandone”. Por eso la palabra “loco” encaja perfectamente en esta trama. Porque cuando alguien se deja atrapar por una adicción (específicamente las que son destructivas), el resultado siempre será perder la razón, funcionar sin control.

Usted se preguntará: ¿por qué es tan dañino esto? Porque el vicio (o su adicción particular) destruirá no solo la mente y el cuerpo, sino también su espíritu. “No guarden tesoros para ustedes aquí en la tierra, donde la polilla y el óxido los dañarán, y donde los ladrones entran a robárselos. Más bien, guarden tesoros para ustedes en el cielo donde ni la polilla ni el óxido los dañarán y donde los ladrones no pueden entrar a robárselos. Pues donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”, dice la Biblia (Mateo 6:19-21 PDT).

La pregunta ahora es: ¿puede dejarse verdaderamente el vicio, salirse verdaderamente del pozo de un hábito consumidor? Ciertamente que sí. Pero para esto, como bien lo escribiera Arias, se requiere de una serie de factores, siendo Jesús la persona que puede hacer libre a todo aquel o aquella que venga a su gracia salvadora y transformadora. En ese caso, si usted, querido lector, está atrapado en algún vicio o adicción que está dañándole personalmente o intoxicando el entorno familiar, social o religioso en el que se desenvuelve, “es tiempo de parar, buscar ayuda y experimentar que en Cristo hay verdadera libertad. Él lo dijo: ‘conocerán la verdad (su persona y sus palabras) y esa verdad los hará libres’” (Juan 8:32 NVI).