Hace poco leí algo que me sorprendió. El autor lo planteaba así: “En mi conversación con Elizabeth, ella hizo un comentario que me pareció exagerado al inicio, pero en realidad fue muy acertado. ‘Creo que a largo plazo —dijo ella—, me hubiera destruido si no hubiera perdonado [a la persona que mató a mi hijo]’”. Mi asombro radicó en que el resentimiento arraigado y tenaz (o ese enfado constante contra alguien o algo) no solo afectará la mente y el espíritu, sino también al cuerpo físico.

Dos estudios me saltaron inmediatamente a la vista. En el primero, publicado en el New York Times, los investigadores anunciaron que el enfado crónico es tan dañino para el cuerpo como lo es fumar, la obesidad o una dieta alta en grasas como un poderoso factor de riesgo para la muerte temprana, y el segundo, publicado por la Universidad de Carolina del Norte, que decía que los hombres que albergaron ira reprimida durante el período de estudio (veinticinco años) murieron en un rango seis veces mayor que los que tenían actitudes más indulgentes. Ahora cobran mayor peso y sentido las sugerencias bíblicas: “Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo” (Salmo 37:8); “No te dejes llevar por la ira, porque eso es necedad” (Eclesiastés 7:9 NBV); “Es mejor ser paciente que soldado fuerte y es mejor dominar la ira que dominar toda una ciudad” (Proverbios 16:32 PDT).

¿Y usted, querido lector, está albergando ira o un resentimiento arraigado en su corazón? Si la respuesta es sí, tome en cuenta esto: permanecer en ese enfado le mantendrá fracturado, pero desarrollar una actitud indulgente hacia los que le han dañado le ayudará a reconstruir su vida pese a las heridas. Y esto más: “Si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, Dios, su Padre que está en el cielo, los perdonará a ustedes” (Mateo 6:14 TLA).