23/04/2024
10:37 AM

Empleo, cambio inevitable

Juan Ramón Martínez

El Cohep ha planteado como la primera falla del régimen, la falta de interés por la creación de empleo. El gobierno de Castro no muestra preocupaciones por el tema. Vive de los pobres, sin los cuales no podrá repetir su triunfo electoral; y porque continúa en líneas generales el plan de imponer en Honduras el modelo cubano como eje central, buscando la destrucción de la burguesía urbana, sometiendo toda la operación económica al control gubernamental. Por ello se ha impuesto una política en que, aunque hace público que han aumentado los impuestos, silencia el nombre del sector que tributa, haciéndonos creer como se decía antes que el dinero lo crea el gobierno.

El gobierno de Castro es coherente con este modelo empobrecedor. Sus medidas han sido recesivas: eliminación del empleo por obra, pelea contra las zedes, braceando en el vacío, animados solo por el objetivo de destruir todo lo que se hizo en el régimen anterior, pero sin ofrecer alternativas. Incluso, el Ministerio de Trabajo se ha convertido en un invitado de piedra que ni siquiera tiene voz y carácter para enfrentar las afirmaciones de Eduardo Facussé en el sentido que apenas se han creado 77 empleos. En otras circunstancias, más modernas que las que vivimos, esa secretaría de Estado nos habría proporcionado el crecimiento del empleo con cifras que indicaran los inscritos en el Seguro Social, los empleos permanentes, los empleos temporales y las relaciones entre la oferta y la demanda de trabajo por la población joven que se incorpora al mercado laboral. Pero la secretaria de Trabajo se ha llamado al silencio porque cree que esa es su mejor manera para confirmar que el gobierno tiene muy poco que darle al futuro de las nuevas generaciones que solo tienen la alternativa de huir de Honduras en el camino desesperado hacia la puerta cada día más cerrada de los Estados Unidos.

Esta situación no puede continuar. No la aguantaremos. No podemos seguir viviendo de las remesas en que los pobres sostienen los estilos principescos de la oligarquía hondureña, manipulando a los débiles para que siga, sin entender, que su pobreza no es una maldición, sino que el resultado que aquí no gobiernan los mejores, sino que los mediocres, los incapaces y los menos respetuosos de nuestro futuro como nación y pueblo singular interesado de hacer historia. No podemos seguir como hasta ahora, creando obstáculos para que los compatriotas y los extranjeros inviertan en Honduras. Necesitamos modificar las actitudes. Volver humildes a los gobernantes –en la medida en que se vuelvan servidores de todos y no dueños de Honduras y su pueblo– mejorando los sistemas legales para facilitar las acciones de los particulares en el plano económico, de forma que al lograr sus objetivos individuales aumenten la oferta de empleo en todo el país e incrementen en proporción a su crecimiento las oportunidades de trabajo. Es decir, dejar la descalificación de los empresarios que crean empleo. Hay que hacer a un lado las glorias falsas de los amargados que esconden que se prestigian haciendo daño a las mayorías. Hay que detener el daño que hacen a la convivencia los burócratas parasitarios. Y reconocer que funcionarios humildes y sanos deben hablar y hacer lo mejor para los hondureños. Firmando pactos para progresar. Hay que devolver al gobierno el carácter de facilitador y gerente del bien común.

Hay que detener la pelea entre los burócratas extraviados que producen pobreza y los empresarios creadores de empleo. Los buenos deben hablar y pactar. De lo contrario nos mataremos unos con otros. O convertiremos a Honduras en una hacienda olanchana bajo la bandera rojinegra del fracaso.

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