Hay diferencia entre sacar del gobierno al Partido Nacional, en forma irracional y apasionada; y hacerlo de manera que no se tenga que morir en el intento. Monseñor Garachana tiene razón. El ejercicio del voto debe ser un acto consciente. Y no un suicidio. Caer en el concepto que no importa lo que se pague en muertes violentas como me escribió una lectora apasionada, “porque hay que sacar al Partido Nacional del poder, a cualquier precio”.

Ello significa limitar la lógica del voto y llegar al suicidio, individual o colectivo. Implica limitar las capacidades de la inteligencia, ignorar la función de los partidos y perder de vista la lógica de las elecciones en una democracia auténtica.

Es decir que hay diferencias, evidentes y comprobadas, entre sacar al PN votando por Xiomara Castro, su marido, sus hijos y sus incondicionales; y hacerlo por medio del Partido Liberal o cualquiera otro partido. En el primer caso, solo basta escuchar a Jorge Cálix –universitario, formado en una universidad católica– para darse cuenta que tiene un concepto de partido político, contrapuesto a la superioridad ciudadana, porque votar en línea es una forma autoritaria del ejercicio electoral y hacerlo en forma individual, valorando a los candidatos, es un acto de libertad, esencial en la vida democrática occidental.

Y en el segundo, aceptar que la democracia ha establecido la función electoral no para provocar confrontación o pérdida de la libertad individual y colectiva, sino que para imponer la racionalidad en contra de la pasión, para celebrar la vida; y no para comprometer la estabilidad de la sociedad poniendo en peligro la seguridad colectiva.

Libre representa un reto seguro. El apasionamiento que se observa, la fuerza que impulsa hacia el vacío y el compromiso que solo por ahora, porque no hay condiciones para convocar una Constituyente, el regreso vengativo de quienes ya estuvieron en el poder, con los mismos enardecidos que anuncian la inseguridad, son evidencias que no han cambiado lo suficiente para merecer la confianza de la ciudadanía más tranquila y serena. Su falta de moderación tiene mucho de suicidio colectivo.

Por el contrario, la opción de sacar al Partido Nacional, sin perder la tranquilidad y sin alterar la paz de la nación, es una opción inevitable y que la ofrecen otros partidos. El Partido Liberal, por ejemplo, que, pese a las debilidades que ha mostrado últimamente tiene experiencia de hacerlo —incluso sin provocar la guerra civil como ocurrió en el pasado cuando se dieron estas sustituciones— y es una opción que no compromete la estabilidad o la seguridad de la nación; ni amenaza la libertad individual y tampoco compromete la paz y la tranquilidad.

No es lógico, excepto que uno esté mentalmente derrotado para usar la razón que se puede lograr sacar del gobierno a los nacionalistas que ya tienen demasiado tiempo en el mismo; han aburrido a la mayoría y sus alternativas en esta campaña anuncian que si ganan seguirán las cosas igual que ahora, sin provocar inseguridad en el país. Incluso, porque no se logre el resultado apetecido.

El Partido Liberal en un segundo lugar y Libre en tercero, aunque ganara el Partido Nacional otra vez, es mejor. Garantiza la legitimidad del proceso y obliga a que los apóstoles del fraude cierren sus bocas incontrolables. Por ello, el ejercicio del voto individual no debe atraparse entre el sí y el no, sino que entender que hay alternativas. Y que, entre una derecha cansada y una izquierda amenazante, hay un centro político que puede garantizar la continuidad del proceso democrático, sin perder la vida en el intento. Lo podemos lograr.

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