Tal vez porque soy olanchano o porque la sabiduría popular es irrebatible, guardo en mi memoria, y repito con frecuencia, dichos, sentencias o refranes que expresan casi gráficamente verdades ante las que no queda más remedio que rendirse. Muchas de esas frases, tan convincentes como un puñetazo, las oí de labios de mi padre.

Ahora yo se las recito a mis hijos, que, a veces, sonríen con sorna ante lo que ellos tal vez piensen sean “olanchanadas”, pero que son, sin duda, una síntesis de lo que podrían ser largos discursos moralizantes, que es mejor recitar en pocas palabras.

La mayoría, evidentemente, forman parte del acervo tradicional universal; es decir, no las inventaron mis padres o mis abuelos; seguramente solo las heredaron; pero, en el contexto familiar y local, en aquella Juticalpa de mi infancia y adolescencia en que los escuché por primera vez, se me quedaron grabadas, como se queda el fierro ardiente en la piel de un ternero, para ilustrar con otra imagen propia de mi tierra.

Uno de esos refranes es el que reza que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Con esta frase se quiere expresar que hay personas que aunque tengan ante ellas una verdad tan imponente como un muro macizo prefieren cerrar los ojos, o mirar hacia otro sitio, para evitar contrastar su visión de las cosas, de las personas y de las circunstancias; no vaya a ser que lleguen a la conclusión de que andan perdidos, de que están equivocados y tengan que “dar su brazo a torcer”, o reconocer que sus ideas no son las mejores, que hay otras maneras de resolver los problemas, que en lo opinable no pueden existir dogmas y que, muy probablemente, en algunos o muchos asuntos andan más desorientados que “un perro en una procesión” o más perdidos que “un pulpo en un garaje”.

La terquedad, la cerrazón, los puntos de mira únicos, al final no son más que muestras de debilidad, de incapacidad de someter una opinión a un examen sereno y desapasionado que puede llevarnos a abrir los ojos, a entender que nuestra ruta no es la única, que nuestras posturas tienen opciones distintas válidas y legítimas, y que nuestro afán por uniformar a los demás es puro fanatismo o sectarismo.

Y he dicho todo lo anterior porque, en esta Honduras en la que hace tanta falta hace el diálogo, a veces me da pena leer o escuchar a individuos que parecen creerse “dueños de la verdad” y que, con su actitud, pretenden descalificar al resto. Pobres “ciegos que no quieren ver”; cuando se estrellen contra el valladar de la realidad tal vez no podrán recuperarse. Y, “al que le caiga el guante, que se lo plante”.