Dios ordenó a Moisés que diera este mensaje: “Yo soy el Dios de Israel, y soy diferente de los demás dioses. Por eso ustedes deben ser diferentes de las demás naciones” (Levítico 19:1-2 TLA).

Yendo más atrás encontramos el corazón de esta orden: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela... Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré... y serás bendición... serán benditas en ti todas las familias de la Tierra” (Génesis 12:1-3).

¿Cuál era, entonces, el objetivo ulterior de Dios? Bendecir a todas las naciones del mundo.

Con el surgimiento de la Iglesia, la pregunta que brota es: ¿Cuál es su papel? Sigue siendo el mismo: marcar la diferencia, ser bendición para las naciones. ¿Lo está siendo? Piense por un momento.

¿Qué hace actualmente la Iglesia? Está encerrada; está en cuarentena desde mucho antes de que apareciera el virus que nos tiene “empandemiados”.

Y adentro del templo, en lugar de adorar al Dios inmortal y glorioso, les rinde culto a ídolos que ella misma se hizo o que se los aceptó al enemigo, permitiendo con ello que la crisis que reina en el mundo la someta también.

El predicador estadounidense Charles Stanley dijo en una oportunidad:

“Dios tiene en mente lo mejor para nosotros, pero es posible que estemos desaprovechando sus bendiciones porque nuestra mente está en otra parte”. ¡Exacto!

Por eso tiene vigencia aquello: “Es una realidad triste y desoladora el hecho que, mientras los católicos predican a Cristo, los protestantes predican a Cristo, los ortodoxos predican a Cristo, los no creyentes se preguntan desesperanzados: ‘¿Dónde está Cristo?’” (J. Senosiain).

Digámoslo de una vez, claro y fuerte: Cristo debe estar en la Iglesia y la mente y corazón de la Iglesia deben estar en Cristo. Cuanto más la Iglesia se deleite en Él y en su Palabra, más se enderezarán sus deseos con lo que Él quiere para ella y el mundo podrá ser bendecido con ello.