Llegué a aquella oficina con muchos sueños bajo el brazo, pero también con mucha incertidumbre por lo que podría enfrentar allí. Era apenas mi segunda experiencia laboral, pero la primera desde que me gradué de la universidad.

Encontré allí a una mujer jovial, que se encargó de darme la bienvenida y de explicarme los pormenores del trabajo. Me encontraba en otro país, en un ambiente laboral bastante distinto al anterior.La actitud positiva de mi compañera de trabajo me hizo sentir cómoda y paso a paso, fui tomando confianza en lo que podía hacer allí.

Con el tiempo, entablamos una amistad de años. Un buen día le agradecí la bienvenida y le pregunté: ¿qué te llevó a ser tan amable conmigo desde el inicio?

La respuesta es una lección de vida que hoy quiero compartir.Hacía muchos años, ella había llegado a su primer trabajo con la misma combinación de alegría y temor. La persona que la recibió la apoyó guiándola, con la mejor de las voluntades. Con el tiempo, mi amiga se dio cuenta que no podía devolver a su mentora todo lo recibido, entonces se prometió que, cuando la vida la colocara en una situación similar, ella daría lo mismo que recibió, en señal de agradecimiento.

Mi mentora no podrá ver lo que hago, pero seguir su ejemplo es la mejor manera que encuentro de agradecer, me dijo. Aquellas palabras, dichas hace más de 25 años, me dejaron un aprendizaje que conservo y que busco poner en práctica, aunque en algunos momentos he fallado.

Devolver a otros lo bueno que recibimos antes, cuando se trata de verdaderos regalos que muchas veces no tenemos forma de agradecer, es una buena práctica que ayuda a desarrollar la empatía, la solidaridad y la amistad con aquellos compañeros de camino que nos acompañan a veces por un instante o quizás por muchos años. Tal vez podríamos pensar que no se trata de devolver, porque no será a la misma persona; sin embargo, más allá de las personas, se trata de regresar a la vida lo que recibimos en la nuestra.

Muchas veces he buscado seguir aquel ejemplo. En algunas ocasiones no he encontrado apertura, pues hay que reconocer que en la acción de dar y de recibir debe existir voluntad. En otras, he desistido ante la indiferencia; pero cuando he logrado mi propósito de devolver lo bueno, he podido experimentar cómo se multiplica.

Nos acostumbramos a decir “a mí me costó y nadie me ayudó, no tengo porqué ayudar a otros”, desde una visión egoísta, que también es parte de cada uno. Devolver lo bueno que recibimos implica el esfuerzo de ver más allá, por encima de nuestras propias limitaciones. No siempre se logra, pero cuando sucede, la satisfacción personal es grande. La vida no es una competencia sin fin, sino un instante para compartir con otros, para ser cada vez nuestra mejor versión, única e irrepetible.

Es un momento para valorar a aquellos con quienes coincidimos en este viaje y construir redes de apoyo. No siempre recibimos lo que esperamos, eso es cierto, pero sí somos responsables de lo que sale de nosotros y con más razón, estamos llamados a generar un cambio positivo. Cada uno elige, ¿qué le devuelves a la vida?