Desesperación e impotencia es lo que sentimos la mayoría de los hondureños al contemplar el panorama nacional. Un índice de pobreza del 75% (7 millones de personas), más de 400,000 empleos perdidos durante la pandemia, un analfabetismo del 13%, que roba el futuro a jóvenes y niños, y un sistema sanitario corrupto, obsoleto, e insuficiente, que condena a muerte a los más pobres.

El otro verdugo del pueblo es el crimen organizado, que secuestra a personas y barrios, que hunde a miles de familias en un infierno de drogas, inseguridad, extorsión y guerra entre pandillas. Por otro lado, están las cada vez más delgadas las clases media y alta de nuestra sociedad, en donde muchos —aunque no todos— se desmarcan del drama nacional, desde la indiferencia, la enajenación, o incluso la fuga. No estoy a favor de la lucha de clases, pues es anticristiana, insensata e ignorante. Pero lo cierto es que la mala distribución de la riqueza, las grandes desigualdades socioeconómicas, junto a la debacle de un estado corrupto, son el combustible del hartazgo y la indignación del pueblo hondureño.

Muestra de ello son las caravanas masivas de migrantes, un éxodo convertido en un negocio abominable, y para el mismo estado en un respiro, pues las remesas de estos compatriotas representan casi la cuarta parte del PIB del país. Esta es la radiografía de Honduras, la pregunta que sigue es: ¿Qué hacer?, para responder se necesita discernir con serenidad, pues como decía S. Ignacio de Loyola, “en tiempos de tormentas no se hacen las maletas”. Nadie tiene el derecho a influenciar nuestro voto, sin embargo, todos los ciudadanos tenemos la obligación de meditarlo a conciencia, no solo por una filiación política o ideológica, por desesperación o frustración, sino pensando en el futuro del país y de sus hijos. Es cierto que el panorama es terrible, y quizás para muchos la situación es insostenible, pero no podemos olvidar que siempre se puede estar peor. No necesitamos un país de “ciudadanos iguales”, a base de las limosnas de un “estado benefactor”, urgimos y demandamos una patria de ciudadanos libres, con igualdad de oportunidades, con un gobierno saneado del cinismo de la impunidad y del cáncer de la corrupción. Un país en donde cada hondureño sea capaz de salir adelante a base de su esfuerzo, en corresponsabilidad con un estado eficiente, desde una cultura de la construcción y no de la revolución. Queremos trabajar y no mendigar, luchar con excelencia, desterrando la mediocridad, con los pies en la tierra, las manos en el trabajo y el corazón puesto en Dios.

No votemos por impotencia, porque como decía el novelista alemán Von Goethe: “Solo merecen la libertad quienes pelean por ella cada día”. La patria nos necesita, decidamos y votemos en paz, desde la razón, y no desde la desesperación, confiando y rezando al Señor, que siempre guía a su pueblo por los caminos de la esperanza.