Había estado en Gracias, Lempira, solo de camino hacia Santa Rosa de Copán, con lo que había bastado para que tuviera una buena impresión de la ciudad. Sin embargo, la semana pasada, mi esposa y yo decidimos hacer una visita para pasear más detenidamente y conocer mejor su casco histórico, sus iglesias y otras construcciones de las que nos habían hablado.

No obstante, el estado de la carretera que de Siguatepeque lleva hasta Gracias, pasando por La Esperanza, es una auténtica pesadilla y, de no ponerle mano cuanto antes, terminará por resultar intransitable; concluimos que las horas empleadas haciendo zigzag entre muchísimos baches valieron la pena, valieron el sufrimiento. Pienso que, máxime ahora que estamos aproximándonos a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia, los hondureños estamos obligados a conocer lugares que, como Gracias, muestran claramente nuestro perfil nacional y que nos permiten entender mejor quiénes somos. Porque en ella, en sus edificaciones religiosas y civiles y en su gente se encuentra uno con los elementos indígenas y criollos que, con el paso de los siglos, se han amalgamado, de manera tal que hoy resulta imposible separar. Como la mayoría de las poblaciones del occidente del país, Gracias es una ciudad bien trazada, de calles limpias, empedradas todas, y en donde se puede caminar tranquilamente, sin sobresaltos y sin miedo. Recorrer las distancias que separan la ahora catedral de San Marcos, la iglesia de La Merced, la de San Sebastián y el fuerte de San Cristóbal no toma mucho tiempo y resulta culturalmente reconfortante. Tomar una taza de excelente café en uno de los muchos lugares en que lo ofrecen es una experiencia muy especial, así como comprar dulces y conservas en una variedad, para mí casi inaudita, produce un orgullo de y por lo nuestro que debe experimentarse.

Además de los templos católicos mencionados, de todo lo que disfrutamos en Gracias, tanto a mi esposa como a mí, nos produjo gratísima impresión la recién restaurada e inaugurada Casa Galeano. Este lugar debe convertirse en visita obligatoria en este año del Bicentenario. Y no solo por la propuesta museográfica, fresca y novedosa, sino porque ahí podemos palpar nuestra historia y, de muchas maneras, traer a la memoria tantas experiencias comunes a los que hemos nacido y crecido en este país.

No pretendo convertirme en un promotor turístico, pero, repito, a pesar del estado ruinoso de la vía de acceso les aseguro que la “batida” en carro vale la pena.