Cada vez estoy más convencido de que hay decisiones delicadas que se deben tomar en la vida en las que hace falta cierto nivel de inconsciencia. Y esto porque si se midieran las consecuencias de esas decisiones, a mediano o largo plazo, de repente no se tomarían o se pospondrían una y otra vez. Hablo, por ejemplo, de la elección de carrera. De ahí que no me resulte extraño que haya personas que decidan cambiar de rumbo ya una vez avanzadas en los estudios o que, ya graduadas, terminen por dedicarse a ocupaciones que poco o nada tienen que ver con aquello para lo que, en teoría, estudiaron.

Sin embargo, el caso más delicado de decisiones que se toman con cierto nivel de inconsciencia es cuando se decide contraer matrimonio. Porque se sabe que es un tema delicadísimo, que tendrá consecuencias definitivas, pero hasta que ya ha pasado suficiente tiempo se cae en cuenta de la seriedad del asunto y, sobre todo, de la “irretractabilidad” del hecho.

Es decir, podría uno arrepentirse y abandonar el barco, pero lo que queda de uno en la otra persona y lo que esa otra persona deja en uno es permanente, imborrable. La relación conyugal exige unos niveles de entrega mutua tan fuertes que dejan una huella que perdura hasta la muerte.

Ese cierto nivel de inconsciencia cuando uno se casa no significa que el sí, quiero, no sea válido, puesto que se pronuncia con toda sinceridad y con todas las ganas posibles; pero el estado emocional en que uno se suele encontrar en esas circunstancias genera algo así como una obnubilación temporal que impide tener, del todo, los pies sobre la tierra.

Y digo lo anterior porque hoy, 29 de junio, mi esposa y yo cumplimos 38 años de casados. Y cuando miro hacia atrás; ella tenía 18 y yo 21, hago recuento de todas las peripecias, las idas y las venidas, las risas y las lágrimas, los encuentros y los desencuentros. Además de elevar mi mirada agradecida hacia el cielo, también caigo en cuenta de que, si hubiéramos sabido lo que nos esperaba, tal vez habríamos salido corriendo de la iglesia y dejado a los invitados esperando para una próxima ocasión.

La tan repetida frase que asegura que hay cosas en la vida que “valen la pena”, no suele acompañarse con una explicación del concepto de “pena”. Porque, en el caso del matrimonio, pena implica dolor, sacrificio, autoexigencia, entrega generosa, lucha contra el egoísmo, entre otros. Pero todo eso ayuda a sazonar la vida conyugal y familiar, ya que si todo fuera fácil, seguro que no se valoraría como realmente se valora.