El asunto de las agresiones que han causado algunos perros a personas en el país, algunas con el saldo de fallecidos, como el ocurrido hace poco a una niña atacada mortalmente por su propia mascota, no deja de conducirnos a reflexionar sobre un asunto de interés capital, pues involucra vidas que es nuestro deber conservar.

Las agresiones están ligadas a ciertas razas feroces: pitbull, rottweiler, doberman, entre los más conocidos.

En torno a este asunto han aparecido múltiples interpretaciones, sobre todo de partes interesadas, los criadores, quienes aseguran que los canes considerados peligrosos no son tales si el dueño sabe darles un adecuado adiestramiento. Entonces habrá que permitir la tenencia de estas fieras solo a aquellos que demuestren ante la autoridad que tienen capacidad para ofrecer a su cachorro una formación capaz de quitarle sus instintos de ferocidad.

Pero la realidad es otra. Los seres vivos, los que provenimos de reproducción sexual, heredamos nuestro comportamiento –con marcas en los genes obtenidos por un individuo al azar: mitad del padre, mitad de la madre-. Esta peculiaridad individual difícilmente puede ser modificada mediante la educación o los buenos tratos porque es parte integrante de cada individuo, sea animal o persona. En cierta ocasión un zoólogo me explicó que las diferencias individuales entre los animales son muy evidentes: dos serpientes de la misma especie pueden presentar conductas totalmente contrapuestas: una agresiva y la otra mansa y sumisa. Lo mismo observamos con los pericos y loros de casa, con los gallos y vacunos: unos son bravos, poco amigables y guerreros y otros amables, cariñosos y apacibles. Esto tiene que ver con la raza, pues debido a la multiplicidad de razas, unas creadas por el hombre con fines determinados, las tenemos intolerantes y mansas. He visto videos de leones amables que juguetean con su entrenador, sabiendo de la ferocidad de estos animales.

Por eso esa afirmación tranquilizadora de los criadores de perros peligrosos no debe llevarnos al engaño. Hay razas de perros absolutamente peligrosas, como las mencionadas. Las agresiones que han recibido varios hondureños -la mayoría niños y algunos fallecidos tras la agresión-, muchos de ellos cercanos a los canes agresores, son suficientes para tomar medidas enérgicas y evitar la crianza y tenencia indiscriminada de ejemplares de esas razas peligrosas.

Si la solución es dar una adecuada crianza, ¿cómo saber quién está en condiciones de brindar a su mascota esa crianza que evitaría la agresividad asesina de estos perros? Además, algunos dueños han adquirido sus perros bravos para someterlos a competencias feroces con otros canes y su cuidado y educación no están dirigidos a hacer de estos animales unos cariñosos acompañantes sino mascotas de alto riesgo.

Desde el momento en el que me dicen: la mordedura de estos canes tiene una presión de 250 libras y su mandíbula queda trabada, quedo convencido de que estos animales son un peligro para la sociedad y que deben ser prohibidos o regulada su tenencia.

Muestro aquí algunas de las recomendaciones de la Unión Europea, en donde también existe la preocupación por estos perros: tener un perro de las razas anteriormente citadas requiere: una licencia, un seguro de responsabilidad civil por daños a terceros sin evadir la responsabilidad criminal, un certificado de capacidad física y otro de aptitud psicológica.

En lugares públicos estos perros deberán llevar un bozal apropiado y una cadena o correa. La norma enumera las características de un perro de cualesquier raza como animal sumamente peligroso.

Nadie con conocimiento puede desconocer la veracidad de la genética. Yo sé de eso por mis estudios en medicina. Por eso, autoridades y ciudadanos debemos actuar con prudencia para evitar males que ya se han repetido innumerables veces en Honduras y en otros lares, sobre todo en contra de niños sin capacidad para defenderse.

las columnas de LP