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Los cultivos transgénicos

La tecnología nos ha invadido por completo y, aunque no podemos dejar de expresar las mejoras que ha traído a nuestras vidas, no podemos obviar las preocupaciones que se ciernen sobre los efectos que estas aplicaciones tecnológicas tendrán sobre el medio ambiente y sobre todo en la salud de las personas. La revolución que la tecnología ha producido no se limita a las computadoras y los celulares, también hay aplicaciones para el cuidado médico y hoy contamos también con biotecnología, que es la tecnología que utiliza sistemas biológicos y organismos vivos o sus derivados para la creación o modificación de productos o procesos para usos específicos, según la definición del Convenio para la Diversidad Biológica.

La humanidad no aprende ni teniendo las consecuencias en frente y sufriendo sus efectos en carne propia, siempre se antepone un velo de obscuridad que no permite que las conciencias se iluminen y se tomen las decisiones más sabias; cómo es posible que padeciendo los efectos del cambio climático en todo el mundo, producto del “progreso” de nuestra civilización, no se tomen medidas para detener los efectos que se pueden presentar producto de otros avances que la ciencia está haciendo en la modificación de los alimentos, la modificación de las semillas y el reemplazo de los cultivos originales por cultivos transgénicos. Definitivamente, hemos aprendido muy poco de las lecciones actuales.

Que estos procedimientos científicos son para mejorar la vida de las personas y combatir la pobreza de los agricultores es otra excusa usada para justificar la sustitución de los cultivos originales por los transgénicos, pues si vemos los informes internacionales nos damos cuenta que esta tecnología se aplica principalmente a productos que tienen gran demanda en los mercados, pero se dejan de lado alimentos que sí tienen una gran incidencia en combatir el hambre y la pobreza. “Ni el sector público ni el privado han invertido sumas importantes en las nuevas tecnologías genéticas aplicables a productos como el caupí, el mijo, el sorgo y el tef, que carecen de interés comercial, pero son fundamentales para suministrar alimentos y medios de subsistencia a la población más pobre del mundo” según el director de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

No existen los marcos legales regulatorios para el uso indiscriminado de estas nuevas semillas que terminan sustituyendo los cultivos originales y tradicionales por los más rentables para la industria. En México ya se libra una batalla por detener la sustitución de los cultivos originales de maíz por los transgénicos, pero si no existen esos marcos regulatorios en países donde la corrupción es el pan de cada día, qué sucederá con las poblaciones expuestas a estas nuevas formas de cultivo, cuyos efectos sobre la salud humana aún son desconocidos.

Si logran enredarnos en las complejidades de los estudios unos a favor y otros en contra, sin conclusiones claras, vamos a terminar invadidos por esta nueva amenaza para nuestra salud. No podemos esperar que la introducción de estos nuevos avances aplicados a la agricultura se van a manejar con transparencia en un país donde esa palabra no existe para los asuntos públicos. Hay más peligros que beneficios ante la poca información que tenemos de los efectos de los productos transgénicos sobre nuestra salud, por lo que la prudencia, el estudio y la vigilancia pública deberían sopesar si los beneficios que se prometen son realmente una justificación para erradicar nuestros cultivos originales.