El ciudadano Kelly

Palabras más, palabras menos, así lo dijo el general John Kelly, jefe del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos y un asiduo visitante de estas honduras: “Me siento como un ciudadano más, ya que vengo con frecuencia a este país”. Y, en efecto, así es: el General Kelly, o “ciudadano” Kelly, viene con inusitada frecuencia a Honduras, se entrevista con el Presidente de la República y con los señores del Consejo Nacional de Defensa y Seguridad, así como con los más altos jefes de las Fuerzas Armadas locales. Hombre de pocas palabras, tiene sin embargo el cuidado de hablar siempre sobre los logros y avances –los reales y los supuestos– del gobierno del señor Hernández en materia de seguridad y lucha contra la delincuencia. No escatima elogios y, por momentos, crea la impresión de que solo repite un guion previamente preparado.

Aunque la analogía es tentadora, el título de este artículo no tiene nada que ver con el de la célebre película de Orson Welles “El ciudadano Kane”, obra maestra del arte cinematográfico y pieza memorable en la historia del séptimo arte. Nuestro ciudadano es otro, aunque, viéndolo bien, no sería extraño encontrar ciertas características y construir forzadas analogías. Pero no es esa nuestra intención, al menos no en esta ocasión.

Las visitas del General Kelly hay que analizarlas en otro contexto, en el de la renovada y cada vez más intensa cooperación política y militar entre los Estados Unidos y nuestro país. El reforzamiento de esta antigua alianza se produce en un escenario cada vez más preocupante y vital para la seguridad regional en Centroamérica y el Caribe. Por momentos, pareciera que estamos viviendo un sinuoso retorno hacia los años de la década de los ochenta en el siglo pasado, cuando Honduras, enclavada por razones de geografía e historia en el centro de la crisis regional de entonces, prestó su territorio y subordinó su diplomacia ante los intereses geoestratégicos de su aliado tradicional y más importante: los Estados Unidos de América. Fue aquella una época nefasta, cuyas consecuencias, sobre todo en materia de inseguridad y violencia, la sociedad hondureña las sigue lamentando. Por no hablar de la trágica huella que dejaron esos años en centenares de hogares que sufrieron la pérdida y desaparición de sus miembros por haber sido considerados “delincuentes subversivos”. Era la época de la llamada Doctrina de Seguridad Nacional, la funesta DSN, cuya aplicación, privilegiando al Estado por encima del ser humano, le costó a Honduras centenares de vidas, muchos sufrimientos y angustias que todavía hoy no acaban de ser debidamente superadas.

En los actuales escenarios de la región centroamericana empiezan a soplar los vientos de una nueva y reciclada guerra fría. Al igual que ya sucede en otras partes del mundo (Iraq, Siria, Libia, Ucrania, para solo mencionar los casos más conocidos), también aquí se siente el aire gélido que anuncia nuevas confrontaciones geoestratégicas entre grandes y medianas potencias, tradicionales o emergentes, que, una vez más, podrían convertir nuestros territorios en lamentables espacios de confrontación y rivalidad sin límites.

El renovado interés de Rusia en Centroamérica (en los años ochenta del siglo XX, la entonces Unión Soviética tuvo una presencia importante en Nicaragua), las visitas recientes del jerarca ruso Vladimir Putin y su canciller Serguei Lavrov a la región, así como la autorización de Managua para que la Armada rusa pueda patrullar el Caribe nicaragüense, son apenas algunos indicios de lo que puede suceder en el inmediato futuro. Por cierto que el Ministro ruso de Relaciones Exteriores, en su más reciente visita a Guatemala, expresó su interés de visitar Honduras, pero nuestra Cancillería, en una actitud extrañamente sospechosa, demoró por varias semanas la respuesta, anulando así la posibilidad de que Lavrov llegara a Tegucigalpa. ¿Será que otra vez vamos a jugar el papel de “aliado” obediente, acrítico y subordinado, tal como ya sucedió en el reciente pasado? Ojalá que no.