Siempre guapos y siempre bellas

Vivimos en días en que la apariencia física es muy importante. Refranes como “es sabido que no hay dos ocasiones para dar una buena primera impresión” motivan aún más a tratar de verse guapos y bellas.

Por eso lucir bien debe ser siempre nuestra prioridad, recomiendan los expertos. Y de ahí se disparan con una serie de consejos: andar continuamente con aroma en la piel, mantener el pelo sano, brillante, peinado y limpio, usar ropa a la talla y zapatos cómodos, bien cuidados y a la moda, accesorios sobrios, nunca vestir con más de cuatro colores, hacer ejercicio para conservar una figura impecable y, en el caso de las mujeres, maquillarse con luz natural, ya que esto no altera los colores que se ven fuera de casa.

Todo esto no es que sea malo. Es decir, lucir bien y arreglados —siempre y cuando no se salga de control y ocupe el primer lugar en la vida—. Pero qué triste que esta vehemencia en verse bien por fuera no sea la misma para la parte de adentro.

Recientemente, viendo uno de los cartones animados que le gustan a mi hijo, una conejita que se jacta de ser la más hermosa se escandalizó porque un día su apariencia externa lucía mal. Luego de pedirle al dragón de los regalos un espejo para corroborarlo, se escandalizó más, pues allí lucía peor. Lo interesante es que ella no se daba cuenta de que el espejo reflejaba su apariencia interna, no la externa. Debía, entonces, mejorar sus acciones, para lucir siempre bien —o mejor— externamente.

Esto trae a mi mente la enseñanza de Jesús que dice que “lo que contamina a una persona no es lo que entra en la boca sino lo que sale de ella” (Mateo 15:11 NVI). ¿Qué es lo que hay en nuestro interior que está manchando nuestra apariencia externa? Tratemos, pues, con ardor y con pasión, de lucir bien internamente, para que en lo externo siempre nos veamos guapos y bellas.