Cuando escribo esto estamos a cuatro días de las elecciones generales para el próximo gobierno. Es de noche y hay quietud. El temor acecha afuera. En aldeas, en las ciudades, en las calles y avenidas, en las casas, en los corazones de todos los hondureños. El temor por la violencia anunciada luego de los comicios se ha ido incrementando como el fuego con el viento. Empezó hace décadas. Antes, las personas acudían a los comicios tranquilamente y sin apasionamiento. Pero en algún momento empezó con una voz disonante que utilizó la injuria, la calumnia, la mentira para ganar votos y luego, poco a poco, la mayoría comenzó a copiar su estilo.

Los discursos políticos de antes cargados de elocuencia, poesía y retórica se quedaron allá, en el pasado. Discursos llenos de respeto y elegancia quedaron en el olvido. Ya no hay voces con ese arte. Una voz resentida social, irreflexiva, fue suficiente para hacer arder una mecha que hoy revienta por las conductas irresponsables de todo un pueblo que asumió la política como una forma de vivir la vida y se llenó de ira, de odio, de rencor, hacia sus semejantes que no coinciden con su forma de pensar. Pueblo y políticos, juntos en propósito de distanciarse entre sí mismos por la cizaña y la duda que han sembrado los que ahora nos piden nuestro voto para satisfacer su ego, alimentar su prepotencia y restregarnos en la cara que pueden ser despóticos a placer. Cinismo y descaro es su carta de presentación.

La mecha se alimentó más con las voces de algunos periodistas que utilizan su trabajo para dividir y crear resentimiento. En las redes sociales, submundo de lo oscuro, de lo falso, donde ardió más rápido aún avivado por los que en el anonimato encuentran placer de hacer daño desinformando a propósito. Y terminó explotando donde querían, en el pueblo, el de diario, el que paga impuestos y que le sobra mes al final de su salario, el débil de carácter, el que personaliza todo, que cayó en la trampa de ellos y empezó a odiar.

La política ha envenenado nuestro país desde hace décadas. Nos tiene el corazón amargado y la conciencia enmudecida. Ha puesto al descubierto nuestro lado oscuro y la selva que llevamos en el alma. Nos tiene al borde de una guerra fratricida.

Espero estar equivocado y hoy lunes 29 de noviembre, cuando lean esto, estemos unidos y en paz, disfrutando una fiesta cívica, donde el país sea el único ganador.

Ojalá.