Nuestra porción de patria

La política mexicana Josefina Vásquez Mota dijo una vez, a su paso por Tegucigalpa, que cada familia, cada hogar, era una porción, un pedazo, de patria y que, además de pensar y preocuparnos por el país entero, debemos hacerlo por el que tenemos cerca, el que nos circunda: el cónyuge, los hijos y los nietos.

La idea se me quedó clavada en la memoria porque es contundentemente cierta. Nos puede pasar y, de hecho, nos pasa, sobre todo en estos días de septiembre, que pronunciamos discursos sobre una patria subjetiva, de alguna manera lejana, y se nos olvida que para poder hacer de ella lo que soñamos o aspiramos debemos comenzar por la patria inmediata, esa que tiene nombres y rostros, esa que se mueve dentro de las paredes en las que convivimos cotidianamente y por la que, muchas veces, hacemos tan poco.

Y es mentira que vayamos a trabajar y esforzarnos por aquella gente anónima que vive a pocos o muchos kilómetros de distancia: en La Mosquitia, en la Montaña de la Flor, en los litorales norte o sur, en Intibucá o en Lempira, si primero no trabajamos y nos esforzamos por darle buen ejemplo a nuestros hijos, si no tratamos con respeto y delicadeza a la mujer que comparte nuestro destino, si no cultivamos y transmitimos unos valores que actúen como cimiento de la conducta de los que, tarde o temprano, van a sucedernos para luchar por sacar adelante este país.

Si cada padre, cada madre, de familia no pone amor y dedicación en la educación de sus hijos; si no hace lo suficiente para enseñarles unas virtudes ciudadanas básicas: respeto, responsabilidad, honestidad, etc., no es cierto que luego vaya a amar a esta patria, aunque lo diga y repita mil veces.

La patria concreta, la patria al alcance de la mano, la patria que podemos moldear y modelar, la patria objetiva, es la que contemplamos cuando duerme o velamos cuando está enferma, por la que sudamos y sufrimos en el taller, en la oficina, en el aula, en el campo, en la fábrica.

Septiembre, y el día de hoy, sobre todo, se presta para lirismos huecos, para declaraciones hipócritas, para discursos encendidos pero cínicos.

“La caridad comienza en casa”, reza un conocido refrán anglosajón. Y podemos decir también que “el patriotismo comienza en casa”. Es ahí, en nuestra porción de patria, en la que debemos comenzar a construir al ciudadano que, más adelante, buscará las maneras de hacer de Honduras la tierra de la que nadie quiera huir, el país en el que se quiera vivir y morir con dignidad.