La cena del domingo

Entré a la habitación buscando descansar, pero mi esposa ya estaba ahí viendo una de sus series favoritas.

Como mi objetivo era reparar las fuerzas con la quietud, no importunar, me situé en la cama lo mejor que pude e intenté reposar. Mientras lo lograba, pude escuchar los diálogos que brotaban de la serie. Uno me llamó la atención. “Tal vez puedas decirle a Danny que es un perdedor dolorido”, dijo Erin, refiriéndose a su hermano. La respuesta de Frank fue decisiva: “Yo soy tu papá, no tu árbitro”.

La serie de televisión se trata de los Reagan, una familia que tiene un historial de trabajo en la aplicación de la ley. Cada miembro representa un aspecto diferente del trabajo policial o del proceso legal. Una de sus características distintivas es reunirse para tomar la cena juntos cada semana.

Según una revista famosa, “la cena del domingo es el corazón de cada espectáculo”.

¡Qué magnífico!, ¿no les parece? Una serie en la que uno de sus puntos centrales es realzar la familia. Esta está siendo atacada actualmente desde varias direcciones. Y, como lo conciben algunos, se ha visto sometida a un asalto radical en el último medio siglo por las huestes del maligno.

“Desde las leyes promovidas, hasta la publicidad y el entretenimiento, son una muestra de que el significado y el valor de la familia son los enemigos de esta sociedad de consumo” (B. Sosa). Por eso es de aplaudir el mensaje de la serie. Un mensaje contracorriente que distingue que es mejor la comunión a actuar de manera egocéntrica y materialista; y que descuella una actitud, como en el caso del diálogo, en la que antes de aplicar un reglamento o sancionar la infracción, se prefiere proteger, estimar y reconocer el mérito que tienen los demás.

Por eso se dice que el objetivo de Dios al establecer la familia (Génesis 2:15-24) fue para que esta fuera fuente de amor y felicidad, así como la base de la sociedad. ¿No merece, pues, que se le valore y cuide?