¿Sabemos para dónde vamos?

Escuchando a los pedagogos que hablan y asumen posiciones políticas, críticas y agresivas - porque hay muchos de ellos enamorados de la jubilación, exclusivamente o de discursos pasados de moda- vamos para atrás. Si escuchamos a los historiadores de escuela y capilla dominical, todavía atrapados en el culto a desconocidas ideologías, debemos vestirnos para ir al funeral de Honduras. Y si oímos a los políticos en campaña, hablando de colgar al gobernante, sin darse cuenta de que hemos perdido casi 200 años haciendo tonterías y que no hay necesidad de reformar nada porque todo esta perfecto y el problema es del conductor, concluimos que no sabemos de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. Es decir, igual que la crisis del siglo XIX, que se inicia con la muerte de Guardiola y que solo parece mejorar cuando se reforma el país en 1876, nos hace falta una nueva generación que sustituya a la “rocambolesca” actual, amiga del espectáculo y la frivolidad de las luces, del éxito fácil; por otra, sería, estudiosa del pasado, conocedora del presente, serena, que vea las dificultades, encuentre las vigas dañadas de la estructura social y tome conciencia de los retos que la globalización -que ha pasado de esperanza a amenaza para países damnificados como el nuestro- plantee, con inteligencia, sabiduría, imaginación y coraje, soluciones.

Empezando por transformar la dañada estructura política y social -reduciendo y comprometiendo la burocracia con el futuro- remendar las rupturas del tejido social, reconciliarnos en lo insustancial y consagrarnos a seguir una ruta que acelere el paso de Honduras, anticipe nuevos caminos para derrotar el atraso, que solo los ciegos no aprecian.

Si no lo hacemos, seguiremos quedándonos atrás, mientras los otros, en los alrededores, avancen y descubren que no somos necesarios y que incluso la ventaja geográfica puede superarse distribuyéndose el tapón de Centroamérica, en trozos que degusten, El Salvador y Nicaragua.

Nuestra generación, en proceso de salida, ha hecho lo que ha podido.

Aunque derrotamos la dictadura que impedía la libertad, no conseguimos la que vuelve innecesaria la sumisión y la dependencia por motivos pecuniarios.

Ahora somos más libres que nunca formalmente; pero más dependientes del Gobierno, que no solo piensa por nosotros, mece la cuna para dormirnos, sino que provee lo necesario cada vez que nos echamos a llorar en las noches de frío con los húmedos pañales sin cambiar. Antes no hablábamos porque le temíamos al vergajo de la dictadura, hoy la mayoría calla, ríe y disimula sus disgustos por temor a que se enojen las élites y no les sigan tirando como Epulon las migajas que recoge miserablemente del suelo.

Quisimos hacer más, pero nos enfrentamos con el crecimiento desordenado de la población, con el vacío generacional que obligó a que llegaran al poder los que no estaban preparados para entender que el poder, más que gozo, es sacrificio en el altar del bien común. Nos ahoga una generación casi infantil, dueña de las carcajadas, experta en alegrías como somnífero para mantener tranquilos a los que menos gozan del producto social.

Le dejamos, no a la nueva generación porque no existe - sino la actual, que se cree insustituible- que no ha podido con carreritas de San Juan, promesas de vida mejor, en el jolgorio de un populismo de derecha resolver el crecimiento de la pobreza y la miseria: ni mucho menos recomponer un sistema económico subordinado al Gobierno, atrapado en sus triquiñuelas, cobrando peaje por hacerle trabajos a la colectividad y enriqueciéndose más para ofendernos que por necesidad, ya que nunca antes había visto alguna con tanta voracidad como la que deja el poder momentáneamente.