Otra batalla a ganar

Está claro que la formación de un niño o de un joven va mucho más allá de la adquisición de conocimientos o del desarrollo de competencias intelectuales. Una verdadera educación integral conlleva, forzosamente, la construcción de la personalidad en sus aspectos volitivo y afectivo; es decir, el desarrollo de virtudes humanas y la búsqueda de equilibrio emocional.

Para un sector de la población infantil y juvenil, la teledocencia ha suplido, en parte, el trabajo que, históricamente, se ha desarrollado en las aulas y que ha exigido la presencia física de profesores y alumnos en los distintos espacios de aprendizaje.

Por medio del uso intensivo de tecnología se ha continuado la labor académica y, bien que mal, los estudiantes han aprobado sus materias y han pasado de un nivel a otro, de un grado a otro, o han concluido alguno de los ciclos de la educación básica o de la media. En esta etapa del proceso formativo, la actividad presencial es indispensable, pero, ante la imposibilidad de su desarrollo, no ha habido más remedio que transitar hacia un modelo que satisface, en parte, las necesidades educativas de los más jóvenes.

Sin embargo, todos debemos tener meridiana claridad de que la falta de asistencia a las escuelas y colegios de parte de los niños y de los jóvenes ha provocado un retraso en algunas áreas de su desarrollo y que, en todo aquello que tiene que ver con la formación de hábitos, una vez se retorne a las aulas, tanto la escuela como la familia deberá trabajar en la recuperación de una serie de buenos hábitos, de una disciplina, de unas rutinas buenas, que son tan, o tal vez más, importantes para la vida como hablar un segundo idioma o usar una computadora.

Cuando un niño o un joven tiene que ir a la escuela o al colegio para recibir clases se ve obligado, en primer lugar, a dejar la cama temprano. Si los padres tienen conciencia de su misión como primeros educadores, desde la noche anterior le han pedido que deje listo su uniforme y sus libros, cuadernos y útiles, y también han debido asegurarse de que haya cumplido con todas las tareas. Esa rutina exige puntualidad, responsabilidad, diligencia y cierto sacrificio.

En estos meses, muchos niños y jóvenes han asistido a clase sin bañarse, solo con la camisa del uniforme; han mantenido una postura muy poco adecuada y han simulado estar en clase sin realmente estarlo. Muchos han “chateado” con sus amigos mientras el profesor explica e, incluso, han recibido “ayuda” para realizar tareas y exámenes.

De modo que la recuperación de estas rutinas buenas, tan formativas, será otra batalla que habrá que ganar cuando se abran las escuelas y haya que volver a ellas.