El virus de la política

Ya se veía venir y era fácilmente previsible que el virus de la política partidaria acabaría finalmente mezclándose con el virus de la pandemia y, unidos ambos en siniestra cohabitación, terminarían de hundir al país en la desgracia y la calamidad. Esto es precisamente lo que está sucediendo y se refleja con nítida claridad en el mal llamado “sistema” de distribución de las escasas y variadas vacunas que el país ha logrado conseguir hasta ahora.

Los ejemplos abundan y las redes sociales se han encargado de distribuir videos en los que se puede apreciar la forma en que el partido de gobierno combina sus acciones proselitistas de corte electoral con la distribución selectiva de las vacunas entre sus militantes y simpatizantes. Esto quiere decir que las vacunas se han convertido, a los pocos días de haber llegado, en instrumento útil -uno más- de la estrategia clientelar del partido de gobierno.

Insatisfechos todavía con la amplia red de mecanismos clientelares, tales como las canastas de alimentos, los numerosos bonos de todo tipo, las láminas para el techo averiado de las viviendas de los pobres, las bolsas de cemento, etc., los activistas del partido distribuyen ahora las pocas vacunas que hay en base a prioridades políticas y simpatías de partido, sumando así un instrumento más en su variado arsenal de bonos y subsidios.

Muchos pensaban que la situación de calamidad general que padece el país no podía ser peor. Parecía que ya habíamos tocado fondo y que la patria herida no podría hundirse más. Estaban equivocados por lo visto. Los activistas azules, la mayoría de ellos, no parecen dispuestos a consideraciones éticas y frenos morales al momento de “hacer lo que tengan que hacer” para preservar sus casillas dentro del presupuesto y garantizar a sus jefes la prolongación en el insano disfrute del poder público. Combinar la distribución de las vacunas con el proselitismo electoral no solo debe ser considerado un delito, una violación directa de los derechos que en materia de salud pública debe garantizar el Estado, sino que debe ser visto como una forma asquerosa de hacer “política”, un estilo repugnante de buscar los votos de los electores aprovechando las urgencias vitales de la pandemia y el estado general de angustia que la misma genera y reproduce en la sociedad entera.

Todos los partidos tienen o deben tener una cierta estrategia clientelar para conseguir la mayor cantidad posible de votos. Eso es inevitable, aunque no por ello menos censurable. El clientelismo, esa forma sutil o descarada de distorsionar la voluntad del elector para convertirlo en simple y manipulable votante, es, a final de cuentas, un sistema que deforma y anula buena parte de la voluntad ciudadana y del sentido último de un proceso electoral. El activista que ofrece o da un bien determinado o un servicio concreto para obtener a cambio la simpatía coyuntural del beneficiario manipula la voluntad de este y anula su posible conciencia crítica. Es una manera grotesca de aprovechar la necesidad vital del ciudadano para obtener, vía disimulado chantaje, su voto favorable para el sistema que lo mantiene en la pobreza y la calamidad reinantes.

Por la vía del clientelismo electoral, el elector, ya reconvertido en dócil votante, vota contra sí mismo, favorece en la urna la voluntad del que lo humilla y desprecia. Es un fenómeno de curiosa alienación política en la que el ciudadano, divorciado momentáneamente de su espíritu cuestionador, se desdobla en su propio yo y se convierte, aunque solo sea por un momento, en el traidor íntimo de su propia conciencia. Una vez pasado el incómodo momento de su negación interior, el votante vuelve a su realidad cotidiana de ciudadano a medias, de habitante ignorado en la tierra de nadie en que se ha convertido su abandono y desolación. El virus de la política, sumado al de la pandemia, se encargarán de hacer su trabajo y acabar de hundir al pobre e ingenuo caminante.