En las estrellas

“Siempre les digo a los jóvenes, sueñen lo imposible, salgan al mundo, y hagan que suceda.

Yo caminé sobre la luna. ¿Hay algo que ustedes no puedan hacer?” Gene Cernan, comandante de la misión del Apolo 17 de diciembre de 1972. Fue uno de los tres astronautas que viajaron dos veces a la luna. El último ser humano en pisar su superficie.


El apagó la luz y dejó la puerta entreabierta. Nadie más ha vuelto.


Desde los inicios de esta civilización el humano ha dirigido constantemente su mirada al cielo.

El sol, la luna y las estrellas han ejercido una atracción inexplicable. Como si buscara algo, como añorando algo, como esperando una señal. El primer dibujo de la luna, un mapa dibujado con tiza sobre una roca, se hizo hace cinco mil años, y fue descubierto en una tumba en Knowth, Irlanda.


Cada vez que el ser humano ha alzado su mirada al cielo cosas maravillosas, inexplicables suceden. Probablemente en el proceso evolutivo del hombre la magnificencia del cosmos lo hizo cuestionarse sobre su origen y propósito. Y empezó a tener la certeza que era más que biología. Que había una presencia dentro de él que se sentía cómoda viendo a las estrellas. Y empezó a soñar y a hacer realidad sus inspiraciones.


En esta era moderna el hombre ya no levanta la vista al cielo. Estudios han demostrado que las personas cada vez dedican más tiempo a pasar con su mirada fija en sus teléfonos y tabletas, aproximadamente 3.7 horas al día, período de tiempo que ha ido aumentando cada año. Ya no dirige la mirada hacia arriba sino hacia abajo.


Dejaron de embelesarse viendo las estrellas para sumergirse en el mundo deformado y disfuncional que ofrece la información que se obtiene en las redes. Se conformaron con ser expectadores detrás de las pantallas. Probablemente esa sea la causa por tanta apatía, ausencia de sueños y falta de perseverancia de los jóvenes de hoy. No sienten la necesidad de esforzarse siguiendo un ideal porque lo tienen, aunque sea ficticio, al alcance de sus dedos.


Necesitamos revertir esto. Debemos hacer que los niños de hoy sean capaces de asombrarse, que puedan tener sueños propios, que se fijen metas, que crean en lo imposible.

Que disfruten el mundo real. Y eso solo lo conseguiremos si logramos apagar todo aquello que los tiene desconectados y empiecen a ver el mundo con su alma y no con su mente.
La puerta en la luna sigue entreabierta. Es un llamado.