La trampa de tucidides

En un curso a coroneles que aspiran al generalato recomendé la lectura de “La guerra del Peloponeso” para que aprendieran la dinámica de los conflictos políticos y cómo estos derivan en confrontaciones armadas. Lo recuerdo ahora porque frente a la emergencia de China, como potencia retadora de Estados Unidos –como ocurriera entre Esparta y Atenas–, la confrontación armada es casi inevitable.

La excepción ocurre cuando la potencia retada cede espacio, como ocurriera entre Gran Bretaña y Estados Unidos a finales del siglo XIX. O en el largo período en que Estados Unidos y la Unión Soviética mantuvieron una entente que facilitó uno de los más largos espacios de paz experimentados en el mundo desde que se tiene memoria.

Ahora somos testigos del reto de la potencia emergente, China, y la forma de reaccionar de la potencia retada. Del comportamiento de ambas se concluirá –y no estamos seguros que habrá entonces alguien para contarlo– si el mundo enfrentará una contienda como la de Esparta y Atenas o un desenlace pactado como el que se resolvió entre Portugal y España, que concluyera con el tratado de Tordecillas.

Los expertos –entre los que desafortunadamente no hay hondureños, ya que han sido preparados para temerle al ejercicio del pensamiento profundo– hacen cálculos tanto del desarrollo de las fuerzas económicas como de las militares y el papel de los terceros que algunas veces ayudan a evitar las confrontaciones, evitando caer en la llamada trampa de Tucidides. Incluso, manejando cifras de la participación en el comercio mundial y el crecimiento de las fuerzas militares, predicen que para 2033 China habrá superado a Estados Unidos como la primera potencia mundial. La duda es si, el cambio de postigo, se hará sin guerra o el mundo tendrá que enfrentar otra vez, como en la década de los sesenta del siglo pasado, el fantasma de la guerra nuclear.

Releyendo “La guerra del Peleponeso”, entre líneas, se puede –y en aplicación a condiciones diferentes, pero con protagonistas iguales, humanos, humores dispares, algunas veces envejecidos– anticipar que es posible evitar la trampa de Tucidides e impedir la guerra. Las Naciones Unidas, en lo global, se han deteriorado mucho. Han perdido fuerza para evitar conflictos globales y, por ello, anticipamos que no podrán evitar continuamente un conflicto entre Estados Unidos y China.

A nivel regional, la Odeca desapareció en la punta de los fusiles en 1969. El Sica solo sirve para que pasee Vinicio Cerezo pidiendo dinero para sostener un aparato que los países centroamericanos le dispensan poco respeto. El Parlacen es un elefante colgado de un árbol amenazado con venirse abajo de raíz. Los mecanismos de confianza entre las Fuerzas Armadas de los cuatro países están debilitados por la inevitable tendencia a esconder información.

Ahora, un diputado le acaba de exigir a Bukele que ordene la toma de la isla de Conejo, que no fue sometida al contencioso de La Haya y que Gallegos cree que es importante para impedirle a Honduras la salida al mar, cuando la Corte Internacional de Justicia nos dio en forma expresa tal derecho. García Payes, ex ministro de Defensa salvadoreño, dijo que en dos horas se toman la isla de Conejo. El problema viene después, la reacción hondureña y la defensa del área tomada.

Ahora tiene sentido la guerra de las vacunas y la ingenuidad de los alcaldes hondureños, que se han llamado al silencio, y, en consecuencia, urge la inevitable pregunta: ¿podemos El Salvador y Honduras evitar caer en la trampa de Tucidides? Creemos que sí. Hace falta que se imponga el talento, el buen juicio, manteniendo los nervios en su lugar.