Viviendo la Honduras de allá

Aunque no nos guste a todos, lo cierto es que conviven en Honduras dos países o, por lo menos, dos formas de vivir en él. Está aquella en la que en ella viven se la pasan bastante bien: comen siempre a tiempo, llegan a fin de mes sin sobresaltos, reciben servicios educativos y de salud privados, viajan con alguna frecuencia y usan muy poco, o nunca, el transporte público.

Esa es la Honduras de acá. Luego está la Honduras habitada por los que se encuentran sin una fuente fija de ingresos, los que hacen magia con lo que reciben cada quincena o cada mes, los que no han tenido otra opción que la educación pública y los hospitales y centros de salud que maneja el Gobierno o, si tienen acceso a la seguridad social, buscan superar sus problemas de salud en las clínicas del IHSS.

En mi caso, aunque he sido siempre un asalariado más, evito quejarme. Sinceramente, en general, no me ha ido tan mal y mi trabajo ha sido ordinariamente retribuido, de manera tal que nunca he pasado grandes necesidades ni vivido al límite.

Sin embargo, en los últimos meses, una dolencia algo seria, que me obliga a tomar medicamentos totalmente fuera de mis posibilidades financieras, me ha llevado a recurrir a los servicios del IHSS, en donde he encontrado excelentes profesionales de la medicina, pero, también, unos estilos administrativos y de trabajo que, francamente, dejan mucho que desear.

Les cuento. Recientemente llegué a las clínicas ubicadas en el barrio Abajo de Tegucigalpa antes de las 6:00 am. Luego de hacer una fila de regulares dimensiones me permitieron acceder al interior del edificio para hacer una cita. La atención comenzó casi a las 6:30 porque los que atienden las ventanillas antes platicaron entre ellos, se pusieron al día en las redes sociales, dejaron que fumigaran la oficina (no me imagino esta escena en un banco, en donde desinfectan antes que lleguen los clientes) y, luego, atendieron a los derechohabientes, con bastante rapidez, para ser justo. Me dieron cita para ese mismo día, a la 1:15 p.m.
Por la tarde, antes de la 1:00, me presenté para mi cita.

Éramos, por lo menos, 8 pacientes. Cuando eran ya las 2:00 pm, y ante la ausencia del médico en su despacho, me dirigí a la ventanilla, en la que me hicieron la cita por la mañana; ahí me informaron que el doctor estaba incapacitado por razones de salud.

De modo que, si no hubiera preguntado, en ese lugar habría permanecido hasta que cayera la noche… Avisé al resto de las personas que, lógicamente, se mostraron muy molestas. Unas habían venido de fuera de la capital, un par de señores mayores se veían muy enfermos; en fin, nadie habría ido voluntariamente a pasear al Seguro del barrio Abajo.

Esa es la Honduras de allá: desconsiderada, irrespetuosa, poco solidaria.