La pesadilla de las urnas

Aquello de la fiesta democrática está en veremos, hoy los latinoamericanos sienten aprensión cada vez que se acercan los procesos electorales, en Honduras se siente lo mismo. La democracia se está convirtiendo en un trueque para cambiar los presidentes, pero cada vez más lejos de ser un sistema que pueda satisfacer los anhelos y propósitos de los ciudadanos.

El panorama latinoamericano es el mismo, en cada país donde se celebran elecciones el resultado es el mismo, el caos se apodera de las sociedades, la falta de legitimidad del ganador es la nota predominante, y la inconformidad de la población con los resultados genera caos social, protestas y una inestabilidad que no trae más que pobreza y retroceso para las naciones latinoamericanas. Hasta las democracias más robustas y donde la institucionalidad es fuerte como los Estados Unidos, ha vivido en los últimos años sobresaltos en su democracia, como un abrebocas de lo que vivimos en Latinoamérica con los procesos electorales.

El futuro ya no está en los votos como antes se repetía, los votos representan esa oportunidad para que el ciudadano participe de los asuntos del país; pero también representan el dolor de cabeza para los entes electorales para determinar la legitimidad de un proceso y definir al ganador. Los votos causan dolor de cabeza, ya no solo a los inversores que se mantienen expectantes cada vez que hay una elección en Latinoamérica, también los ciudadanos sienten el temor de lo que puede venir después de una elección.

Los giros siempre están presentes, unos a la izquierda otros a la derecha, unos más radicales y otros menos agresivos; pero lo cierto es que la democracia se está convirtiendo en un puente que lleva ya sea a la derecha a la izquierda al poder, pero que cada vez pierda legitimidad y crea más desconfianza.

Esos anhelos insatisfechos son siempre un caldo de cultivo para el caudillismo en América Latina, adonde los partidos políticos tradicionales pierden identidad, absorbidos por el caudillo de turno que no busca más que perpetuarse en el poder por sí mismo o por interpósita persona, ya sea mediante la manipulación de la ley o el control de las entidades del Estado.

Las entidades electorales de cada país demostrando su incapacidad y su falta de transparencia también contribuyen a esta desconfianza e inestabilidad, de tal forma que al final tendrán que ser organismos internacionales los que manejen los procesos electorales, pues por más remiendos a las entidades electorales, estas son incapaces de ganarse la confianza de la población y demostrar que son fiables a la hora de los resultados electorales.

Esos nubarrones y tormentas que se ciernen sobre las naciones latinoamericanas a la hora de los procesos electorales es un virus que contagia por todos lados, y el temor es el mismo, que los procesos electorales deriven al final en el caos e inestabilidad, que algún momento se salgan de las manos y terminen por destruir los pocos vestigios de democracia que nos quedan, pues de una fiesta cívica los procesos son ahora la pesadilla de los latinoamericanos.