Juventud, divino tesoro

Esta reconocida frase del poeta Rubén Darío fue plasmada por primera vez en su poema “Canción de otoño y primavera”, que formaba parte de su libro “Cantos de vida y esperanza”, publicado en 1905; pero se popularizó cuando fue musicalizado y cantado por Paco Ibáñez en enero de 1988 en el teatro Olimpia de París.

Esta expresión forma parte del lenguaje popular, especialmente entre las personas mayores, quienes recuerdan con cierta nostalgia los años de la mocedad. La Iglesia Católica de Honduras dedica en junio a la juventud tiempo en el que se organizan actividades, que ante las circunstancias este año serán virtuales.

El objetivo es crear espacios de convivencia y reflexión para que la experiencia de fe sea celebrada y transmitida desde una óptica juvenil. Sin duda que la vida toda es un tesoro, que al igual que la fe, por su fragilidad, se lleva en vasijas de barro, como expresa el apóstol Pablo en 2 Cor 4, 7. Hoy en día no pocas veces se trata de un tesoro escondido o lamentablemente perdido para algunos, que terminan absorbidos por un entorno desfavorable, devaluando hasta las últimas consecuencias el valioso don que significa vivir.

Cada etapa de la existencia tiene sus propios desafíos, para responder a ellos es indispensable un ambiente que posibilite el desarrollo no solo de las capacidades, sino también de las virtudes y principios que ayuden a cada ser humano a encontrar su norte en la vida y le permitan llegar a ser la mejor de versión de sí mismo.

La juventud, me atrevo a definirla, es la etapa de las decisiones importantes, de los sueños que marcan el presente y delinean el futuro. Pienso en los muchos sueños truncados de tantos jóvenes que se ven imposibilitados para continuar sus estudios debido a la pobreza extrema; en tantos otros que, cansados de buscar una oportunidad laboral, aunado a la desintegración familiar, no han tenido más remedio que integrarse a las pandillas y verse obligados a ser y hacer algo que no estaba planeado en sus vidas; en tantos jóvenes que por la falta de oportunidades han tenido que dejarlo todo para embarcarse en una aventura de peligro en la ruta migratoria hacia Estados Unidos o Europa. Son muchas las situaciones que generan como consecuencia un ámbito poco favorable para la juventud.

La situación política, la realidad familiar en la que destaca la irresponsabilidad paterna, la gran influencia de los medios de comunicación, que se vuelven un instrumento de dominio y sometimiento cuando no hay una buena educación, y muchas otras más.

Pero como en todo siempre hay, y mucho, cosas muy positivas. Así descubrimos jóvenes que no se quedan pasivos ante una realidad que les desfavorece, chicos que buscan siempre una manera de salir adelante a través de pequeños emprendimientos, humildes asociaciones o grupos que intentan influenciar de manera positiva en la sociedad.

Ojalá como hondureños y como cristianos tomemos conciencia de la importancia de abrir espacios de formación, trabajo, cooperación y también de recreación para que la juventud no se vea arrastrada por el crimen organizado u otras formas de maldad y violencia que imperan en el entorno. Ciertamente es en las esferas del Gobierno donde deberían surgir las principales iniciativas, pero se trata de una responsabilidad compartida, empresa privada, las ONG e iglesias han de preocuparse por forjar ambientes propicios que brinden apoyo y siembren esperanza en los jóvenes de hoy para que puedan mantenerse en pie y creer, en un ambiente pospandemia, que es posible luchar y construir juntos una Honduras mejor.