Tomás Meléndez Moreno

En la ciudad de La Ceiba, donde se había establecido después de graduarse en el Mejía de Olanchito, falleció el 27 de mayo recién pasado mi condiscípulo y amigo Tomás Meléndez Moreno. Inmediatamente que supe el infausto acontecimiento, me comuniqué con Marina Mercedes Mendoza para hacerle llegar mis condolencias. Con ella, Jorge Tomás Meléndez Moreno tuvo dos hijos: Sara Marina Meléndez Mendoza, doctora en Química y Farmacia, y Joel Thomás Meléndez Mendoza, doctor en Odontología. Tomás y Mercedes contrajeron matrimonio el 8 de diciembre de 1967. “Estuvimos 54 años casados”, dice Mercedes, una católica fuerte; pero indudablemente abrumada por la pérdida del compañero de casi toda su vida.

Tomás fue mi condiscípulo en la escuela Modesto Chacón de Olanchito. Era un poco mayor que yo. Nació el 2 de julio de 1939. Fueron sus padres Tomás Moreno, salvadoreño, y Catalina Meléndez. Lo recuerdo mejor cuando cursamos el tercer grado con Máximo Chandías, aunque tengo presente la vez que, con rifles de madera, como “policía escolar”, fue a “capturarnos” a Carlos Chahín y a mí –a la casa de este– porque no habíamos ido a clases, en razón de que el profesor de segundo grado no había llegado al aula. Salomón Sosa nos sometió a un castigo violento que todavía recuerdo como evidencia de cómo eran las cosas entonces. Hasta los tres últimos años forjamos una amistad que, aunque no fue frecuente en encuentros, se mantuvo viva durante todos estos años.

En cuarto, quinto y sexto grado –con el profesor Joaquín Reyes Figueroa– nos sentamos juntos un pequeño grupo al que, con alguna envidia y mala leche, los demás nos apodaban “los mentalistas”. El mayor era Tomás, a quien apodábamos Tomasín, porque aunque fornido, de más edad, era de baja estatura. El grupo estaba integrado, además, por Menelio Maradiaga –el mejor de todos, por talentoso, disciplinado y formal–, Luis Alonso Ocampo, Carlos Chahín y yo. Del grupo que obtenía las mejores notas del grado soy el único sobreviviente. Primero falleció Luis Alonso Ocampo, después Carlos Chahín, Menelio Maradiaga y ahora Tomás Meléndez.

Era muy serio, fuerte y de pocas palabras. Le gustaba el fútbol, era el mejor en este deporte. Vivía en casa de Coca Rosales, en las cercanías de la residencia del profesor Fracisco Murillo Soto, porque sus padres residían en el campo bananero de Palo Verde. Distante de la Unión y la Palma, en donde residíamos junto con el abuelo y tías porque mis padres vivían en La Jigua, Arenal.

Vinicio Cano, que reside en Los Ángeles, California, con el cual compartí la infausta noticia, lo recuerda como su antagonista en el fútbol. “Muy hábil en el dominio de la pelota y en el desmarque, y en momentos –dice en su estilo– competidores en algunos incómodos amores”. Probablemente, por inclinación deportiva, Tomás una vez que concluyó sus estudios en el

Francisco J. Mejía, donde se graduó de maestro de educación primaria en 1958, viajó a La Ceiba para enrolarse en el Vida o en el Victoria. Aparentemente, una fractura en la tibia y en el peroné interrumpió su carrera futbolística, por lo que, además de sus tareas magisteriales, destacó en la narración deportiva y como corresponsal de noticias de HRN en La Ceiba. Cuando reportaba desde La Ceiba sentía orgullo por la forma como daba las noticias y el tono claro con que pronunciaba sus palabras. Fue un profesional de la información, nunca cayó en brazos del amarillismo y, mucho menos, en el chamberismo político.

Su muerte me deja solo, por ello me abrazo en esta hora dolorosa a Mechez y a sus hijos, fraternalmente afectado.