¿Eres feliz?

En una fría y soleada mañana de abril de 2013 en la terraza del salón de convenciones de un hotel en Lima, Perú, donde asistíamos a un Congreso de Ginecología, un colega y brillante exalumno con el que acostumbrábamos tocar temas filosóficos me hizo una pregunta mientras tomábamos un café disfrutando la vista del mar:

“¿Eres feliz, viejo?”. Así, a bocajarro.
Se me pasó la vida frente a los ojos, como una foto panorámica. La búsqueda de la felicidad.

El propósito de la existencia. El fin último de la vida. La causa de todo accionar humano.
Desde entonces, esa pregunta y mi respuesta me han seguido y aparecen inesperadamente con frecuencia.

“No sé si soy feliz, pero tengo paz”, respondí.

El tiempo me ha enseñado que felicidad es un sentimiento, es espontánea, tiene sus momentos, es efímera y alterable.

La paz personal es un logro, hay que llegar a ella con esfuerzo. No viene por sí sola. Es resultado de acciones.

La felicidad tiene niveles de intensidad. La paz es estable.

Puedes perseguir la felicidad toda la vida, pero sentirte frustrado si no la encuentras. Puedes esforzarte buscando la paz y quedar satisfecho por el intento, a pesar de que no logres alcanzarla completamente.

No puede existir felicidad sin paz, pero sí paz sin felicidad.

El problema de la búsqueda de la felicidad es que en el camino el humano encuentra el placer y allí confunde los términos y equivoca el camino. Y como es más fácil encontrarlo se queda en él. Ya no es un sentimiento, sino una sensación. Por eso se conforma con acaparar, vivir de las apariencias, deslumbrar, ser miembro activo de la sociedad de consumo. Y la autoestima empieza a depender más de lo que se quiere aparentar que de lo genuino. En ese momento, la felicidad se vuelve un espejismo.

En cambio, en la búsqueda de la paz se va dejando a los lados del camino el peso de lo que no sirve, lo incorrecto, lo que no sustenta el espíritu. Es tomar decisiones apegadas a lo sublime, de incorporar valores morales, éticos, etéreos. Es una comunión con lo bueno, lo correcto, lo adecuado, lo justo, lo apropiado, aun si eso conlleva momentáneamente dolor, tristeza, sensación de vacío. La búsqueda de la paz es un proceso más elevado que lleva intencionalidad pura.

Mi contestación, aquella mañana a orillas del Pacífico peruano, fue adecuada pero exigua a una pregunta existencialista. Ocho años después aún busco la respuesta correcta.