Después del desencanto

Nos encontramos en las cercanías de un proceso electoral que desde ya se avizora complejo, tomando en cuenta la experiencia de las elecciones internas de marzo, marcadas por los cuestionamientos ante la falta de agilidad en la entrega de resultados y las demoras que dejan espacio para la suspicacia sobre posibles negociaciones oscuras. La transparencia es aún una aspiración en Honduras.

Desde hace años estamos sometidos a un rápido proceso de desencanto sobre nuestra débil democracia, que no logra despojarse del caudillismo, del clientelismo y muchos vicios adicionales que se nutren de una sociedad que parece a veces decadente, otras más, displicente.

Más allá de la ley en sí misma hemos visto cómo nos rigen las interpretaciones de esta, de forma tal que no tenemos certeza de lo que nos espera, pues con el correr de los años hemos constatado que aquí todo es posible. Una y otra vez hemos podido experimentar que no todo lo legal es ético y que no toda aseveración se convierte en verdad, por mucho que esta se repita.

Esa realidad compleja es el peor escenario para un país que ya tiene enormes desafíos a los que hacer frente, pues desvía recursos y esfuerzos de los temas torales hacia otro que hoy por hoy parece estar por encima de todo: cómo y de qué manera se desarrollarán las elecciones de noviembre próximo. Debemos dejar de ver los enormes rezagos del país desde una óptica político-partidista, del “dime que te diré”, para enfocarnos en las posibles soluciones que logren consensos.

Es imposible construir un país incluyente cuando existe una enorme sensibilidad ante las voces que se atreven a disentir. Es contrario a la democracia pretender que todos compartamos las mismas ideas, pues justamente es en la pluralidad de pensamiento donde se encuentra la mayor riqueza y complementariedad para progresar.

El derecho a disentir, a pensar diferente, a expresarse en consecuencia, sin temor, es una condición indispensable para construir un país libre y pujante. En contraste, en nuestro entorno alzar la voz sigue pareciendo una verdadera proeza.

Han pasado los años y no hemos evolucionado hacia una cultura de tolerancia hacia las diferencias, con ello crece el descontento y los resentimientos, que al no encontrar una vía adecuada de escape se descomponen. La breve convulsión social después de las elecciones de 2017 es una muestra clara de lo que suele pasar luego del desencanto, más allá de la frustración.

El nuevo gobierno que resulte electo en noviembre próximo, cualquiera que sea, tendrá como primer gran reto lograr superar esas grietas que se han profundizado en la sociedad hondureña y recuperar la credibilidad de un pueblo agotado de escuchar discursos que no corresponden a su realidad percibida.

La congruencia debe ser el punto de partida, acompañada de una actitud humilde que se aleje de la prepotencia y de la burla hacia quienes tienen opiniones contrarias.

Sería ingenuo pensar que después de las elecciones vamos a tener un país más unido. ¿Seremos capaces de superar las diferencias y aceptar lo que resulte de un proceso bajo las condiciones y estructura con las que contamos? Eso aún está por verse.

Hay mucho en juego, especialmente el destino compartido por todos, participemos o no en el proceso. Las presentes y futuras generaciones merecen algo mejor. Trasladar las palabras a la acción por el desarrollo es lo que debemos buscar todos. El tiempo corre, los cambios son urgentes.