Una buena adicción

En un video sobre nutrición (o sobre la relación que existe entre alimentación y salud), un doctor explicaba que el bienestar o desdicha del cuerpo dependerá, en gran medida, de los alimentos que ingiera.

“Puedes sortear más de doscientas enfermedades si comes bien”, dijo, lo que le llevó hasta sugerir dejar de comer o beber por completo aquellos productos que según él son dañinos para la salud, es decir, las fritangas, los productos lácteos y enlatados, y las bebidas gaseosas. Muy relacionado, una amiga doctora me comentaba que para ella lo malo está en el exceso, en volverse adicto a comer o beber productos saliéndose de los límites de lo saludable o de lo que es debido. El secreto está, pues, en el balance.


Indudablemente, lo del exceso es verdad. Lo he experimentado varias veces al merendar mucho café con pan, por ejemplo. El ácido úrico o los triglicéridos siempre terminan desnivelándose. También lo es lo de las comidas o bebidas que son dañinas; sobre todo aquellas que han sido manipuladas o creadas descuidadamente por el ser humano. Pero, ¿de verdad todo exceso es malo o dañino para la salud? Yo creo que no. Hay un exceso que es bueno: Dios.


Dios, en sí mismo, es ya un exceso para nosotros —pues pasa más allá de la medida o regla que permite comprender nuestro razonamiento finito y limitado. Sin embargo, en su amor, Él siempre ha buscado revelarse y relacionarse con nosotros.

¿Por qué? Porque es lo mejor para nuestra salud. No solo de pan vive la gente, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios, dijo Jesús (Mateo 4:4). Y Jehová a Josué: Nunca dejes de leer este libro de instrucción (la Escritura); estúdialo de día y de noche, y ponlo en práctica, para que tengas éxito en todo lo que hagas (Josué 1:9). Definitivamente, saturarse constantemente de Dios y sus cosas siempre será saludable y, a mi parecer, la única buena adicción para el ser humano.