A pesar de todos los pesares

Así como está el mundo, y Honduras no digamos, nadie parece estar para bromas. Ante la pandemia y los políticos, apetece fruncir el ceño, asumir poses solemnes o romper a llorar. Abundan las malas noticias, las profecías pesimistas y, en general, el mal humor. En este contexto es fácil contagiarse no solo de covid, sino de amargura, de rabia contenida, de malas “vibras”.

Sin embargo, y a pesar de todos los pesares, pienso que debemos hacer un esfuerzo por cambiar la cara, por intentar sonreír, por otear la esperanza en el fondo de tanta desgracia. De no ser así terminaremos todos por enfermarnos y convertirnos en un obstáculo más para construir el futuro, para sacar al paísito del hoyo, para echarlo adelante entre todos.

Y no se trata de ser cándido, de volver a ver hacia otro lado o de hacerse el ciego ante el dilatado desfile de dificultades que debemos enfrentar y superar: corrupción, desinterés real y sincero por el país, criminalidad y violencia, desempleo, postración educativa, sistema sanitario colapsado, sectarismo político, etc., sino de trabajar para resolver todo lo anterior, y lo que quedó en el etcétera, con otra actitud, con optimismo, con alegría, con carcajadas si es necesario.

Hay dos frases de Mafalda, la de Quino, que se me quedaron firmes en la memoria desde que las leí por primera vez (tenía 17 y estudiaba en Puebla, México): “Paren el mundo que me quiero bajar” y “¿Y si en lugar de luchar con la vida nos hacemos amigos de ella?”. En este caso vale la segunda. Porque ante tanto reto, ante tanto manifiesto desafío, debemos buscar la manera de no optar por el derrotismo, sino de encararlos con el mejor talante posible.

En un clima sombrío, amargo, desesperanzado, es imposible que surja la creatividad, el espíritu innovador que Honduras necesita. En un ambiente de desconfianza, de eterna sospecha, de traiciones sin cuento, de egoísmo a tope, hace falta un optimismo demoledor que saque lo mejor de cada uno de nosotros y ponga en evidencia todas las lacras que nos impiden salir adelante. Así el canalla verá expuestas sus oscuras intenciones y no tendrá el valor de querernos engañar de nuevo.

Yo apuesto por la transparencia, por la conducta diáfana, por la honradez, por la integridad ética, pero no por una solemnidad que ahuyente, sino por un semblante amigable, sonriente, sereno, que vuelva atractivo el bien, como debe ser.