Cambio permanente

Si hay algo que define el tiempo en el que nos ha correspondido desenvolvernos es la velocidad con la que enfrentamos los cambios. La sensación de vivir en una transición constante, que ha sido abordada muchas veces desde diversos ángulos, es una de las características de nuestra época.


Quizás no se trate de nada nuevo, pues para cada momento de la historia los acontecimientos de la época podrían haber sido definidos de igual manera, no desde nuestra perspectiva, sino de quienes estuvieron en ella.


Vivimos en un estado de permanente actualización, como si se tratara de una “noticia en desarrollo”, un hilo que se extiende y adquiere de diversas formas.


En medio de esa vorágine, de una exigencia por estar siempre a la vanguardia, de no quedar excluidos de la conversación colectiva, nos vemos invariablemente en la necesidad de adaptarnos. No sé cuántas veces he escuchado y leído la frase de Charles Darwin “las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes; sino aquellas que se adaptan mejor al cambio” como si se tratara de una sentencia.


El cambio visto como evolución es necesario, sin duda. Quizás vale la pena preguntarse ¿y qué debo mantener? y de forma más específica ¿qué define mi esencia?


No puedo pretender dar una respuesta absoluta que sea aplicable a todas las personas, pero sí puedo optar por compartir mi propia reflexión sobre aquello que debe permanecer.


Puedo cambiar mis actitudes, mis pensamientos y mis opiniones; puedo fluir con cada aprendizaje obtenido con las experiencias de vida, así como los nuevos conocimientos adquiridos. Debo cambiar cuando se trata de mejorar, de avanzar, de moverme hacia aquello que me lleve a ser mejor persona, desde distintos ángulos porque la vida no es plana, sino multidimensional. Es obligado cambiar, cuando el entorno se corrompe y estoy llamada a modificarlo, no a ser parte de él; cuando lo que me rodea me incomoda y debo contribuir a mejorarlo.


Al mismo tiempo, debo mantener firme el deseo de ser parte de un cambio positivo, de trabajar por hacer del pequeño espacio de mundo donde me desenvuelvo, un lugar apto para que florezca lo bueno.


Estoy llamada a conservar la sensibilidad ante la dificultad de los otros, hacia el dolor que a veces me rodea, que me identifica como ser humano y que me lleva a la solidaridad.


Debo conservar la empatía para comprender a los demás, para escuchar activamente, para ser y estar con aquellos que confían en mí.


Mantener a toda costa los ideales, a pesar de que existan mil motivos para pensar que no es posible encontrar soluciones ante el mundo de mentiras, de corrupción y de cinismo en el que vivimos inmersos.


Cuidar a toda costa aquello que me hace genuina y que valoro también cuando encuentro en los demás: la naturalidad, el deseo de seguir adelante y la fe como asidero invaluable.
Estoy dispuesta a abrazar el cambio, sin que él me haga perder mi esencia, aquello que me identifica y que me hace diferente a los demás.


Se trata de cambiar, como parte de un proceso de mejora continua que estamos destinados a desarrollar desde que tenemos un lugar en el mundo. Que no me pierda en el cambio, sino que yo sea parte de él, para impulsar un lugar mejor, desde mi familia, mi comunidad, hasta mi país.


Que descubra siempre motivos para impulsar el cambio, así como encuentre razones para fortalecer aquello que me hace ser más humana, con capacidad de crear en lugar de destruir, de amar en lugar de odiar; de incluir, en lugar de excluir. Si logro tener gobernanza sobre mí, ya habré dado un gran paso en el espacio que deseo cambiar.