Con el paso de los años…

Los años que pasan no solo nos dejan canas y arrugas, nos dejan, sobre todo, un precipitado, un pozo de sabiduría que nos permite distinguir lo esencial de lo accidental, lo permanente de lo transitorio, lo importante de lo baladí. Luego de la turbulencia de la juventud o de las primeras décadas de la edad adulta, la madurez permite contemplar el paisaje de la vida desde una perspectiva que nos muestra unos ángulos y unos matices que compensan la reducción del vigor y los infaltables achaques que llegan para quedarse.

Pienso que una de las verdades más importantes que el paso del tiempo me ha hecho percibir con meridiana nitidez es que, más allá del repetido eslogan de que la familia es lo más importante, esta realidad posee tal contundencia que es fundamental mantenerla presente, no olvidarla nunca, y hacer que sirva de eje a la hora de tomar decisiones, pequeñas o grandes, y de actuar en lo ordinario y en lo extraordinario.

Porque lo cierto es que en el trabajo se nos valora básicamente, y es natural, por la utilidad que prestamos.

De ahí que los procesos de selección de personal en las empresas, tanto a la hora de contratar nuevos colaboradores como de “descontratarlos”, buscan probar la idoneidad para el puesto y la posesión de unas competencias, intelectuales u operativas, determinadas. Y como, en la medida que los años pasan, es normal que se sufra un proceso de desgaste, llega el día en el que el rendimiento deja de ser óptimo y se vuelve necesario el inevitable relevo. Un señor o una señora que ha perdido eficiencia acaba por ser una carga, un obstáculo, para el alcance de los objetivos, para el logro de las metas.

En la vida social, ese otro ámbito de la existencia humana, se nos valora por el placer que causamos. Una personalidad atractiva, magnética, se dice también, exige sentido del humor, semblante risueño, actitud positiva, temperamento comprensivo y tolerante. El ceño fruncido, el gesto adusto, genera desconfianza y rechazo. Una persona melancólica o que se queja con frecuencia repele, ahuyenta a los que la rodean.

Sin embargo, en casa, en la familia, aunque hayamos dejado de ser competentes, aunque nos hayamos vuelto un poco cascarrabias y perdamos con cierta facilidad el buen humor, no nos piden, cortésmente, retirarnos ni dejan de querernos porque a veces nos pongamos insoportables. Y eso es porque en ella la aceptación es incondicional, en ella ocuparemos siempre un sitio de privilegio, aunque trastabillemos al hablar o seamos torpes al caminar.

En el mundo laboral siempre llegamos a ser “ex”; en los círculos sociales podemos terminar por sobrar, pero en la familia siempre habrá lugar para nosotros. Gracias a Dios.