Nayib Bukele

El presidente salvadoreño Nayib Bukele es un fenómeno político con presencia mediática en el istmo centroamericano. Millonario de toda la vida, fue alcalde de San Salvador, y luego expulsado de uno de los partidos políticos tradicionales, es así que se convirtió en un auténtico “outsider” ganando la presidencia del vecino país.

Llegó al poder en 2019, así que debe entregar el bastón de mando en 2024 después de los cinco años que marca la constitución salvadoreña. El 2020 fue atípico para todos los países, incluyendo a El Salvador, que bajo el liderazgo de Bukele tiene un gran ritmo de vacunación de su población, muy por encima del nefasto gobierno hondureño.

Tiene amplio respaldo popular de la ciudadanía que se cansó de los políticos corruptos y observaron en él a alguien distinto que haría realidad lo de “cuando nadie roba el dinero alcanza”. Visto desde fuera parece un líder que es capaz de guiar al pueblo salvadoreño por sendas de desarrollo y prosperidad.

Sin embargo, en los últimos meses se comenzó a observar conductas autócratas de censura a la prensa, intentos de concentrar el poder y otros subterfugios propios de quienes se endulzan con esas mieles y creen que pueden intentar alargar su estancia en la casa presidencial.

Es así que su facción política alcanzó amplia mayoría en la Asamblea Nacional (poder legislativo) y justo desde el primer día de su instalación el sábado anterior se procedió a destituir a los magistrados de la Sala de lo Constitucional y al Fiscal General. Ahora sí es evidente que Bukele ha dado el primer paso para aspirar a una reelección presidencial.

La concentración de poder jamás ha sido ni será la solución a los desafíos del Estado, por el contrario, esto lo lleva a convertirse en uno fallido como el nuestro. El equilibrio y separación de poderes es la esencia de la república. Nicaragua, Honduras, y ahora El Salvador, la misma historia que se repite de Centroamérica y sus vicios de admitir dictadores disfrazados de demócratas.