Simplicidad

Pasan los días, las semanas y los meses, desde el anuncio de la pandemia que es parte de nuestra cotidianeidad, creándonos la ilusión de volvernos más humanamente sensibles a la realidad de los demás, a partir de la identificación con los temores y anhelos; pero por otra parte a desensibilizarnos ante la sobreexposición a mensajes constantes y fuertes de dolor y muerte.

Es como si se tratara de dos caras de una misma moneda, que se encuentra siempre en el aire, mostrándonos momentáneamente cada una de sus facetas.

En medio de toda la confusión, de las noticias falsas o manipuladas, del ruido agotador de la amenaza constante con la que convivimos, he encontrado una salida viable: volver a lo que parece simple.

Lo simple, que engloba aquello que me hace sentir viva, conectada con algo más allá de lo tangible. Lo simple que puede traducirse en la brisa matutina, en la luna sorprendente, en la risa compartida, en la alegría de escuchar una voz lejana, que está presente gracias a la tecnología.

Volver a lo simple de atreverme a redescubrir a quienes me rodean, en el hogar, en el trabajo, en los amigos y conocidos, que también llevan sus propias cargas y al igual que yo, no se detienen.

Encontrar que aún aquellas personas que antes nos parecían lejanas e insondables pueden ser depositarios de admiración y simpatía.

Volver a lo simple que significa sorprendernos con las pequeñas cosas, los pequeños gestos, los recuerdos en común, las inquietudes conversadas y la búsqueda de alternativas –si las soluciones no son posibles- a aquellos temas que nos inquietan.

Hacer un alto en el camino, en la carrera por demostrar productividad, por parecer interesantes para interesarnos de verdad en los otros, con algo más de conciencia sobre lo pasajera que es la vida y el momento breve de dejar huella en los demás.

Abrir los ojos, especialmente los del alma, para saber reconocer las oportunidades de servir, por el simple deseo de conectar con los otros, por ser útiles, por transmitir y recibir un poco de luz, de esa que se logra desde lo espiritual.

Volver a disfrutar de lo verdaderamente valioso: los afectos, los momentos compartidos que no deben detenerse, aunque sí modificarse por el bien de todos.

Es tiempo de conjugar el verbo valorar, desde el respeto y el cuidado, que lleven a reconocer nuestra responsabilidad en la acción individual y colectiva, en la construcción del futuro. Volver a lo que parece simple, que implica ir más allá del regodeo en nuestras propias miserias humanas, como si a fuerza de manifestarlas las resolviéramos.

Es buscar nuestro propósito en el justo momento y lugar en el que nos ha correspondido vivir, ni más ni menos, reconociendo nuestra pequeñez, pero también nuestra enorme posibilidad de influir en otros y en nuestro propio destino.

Volvamos a lo simple, a apreciar aquello que somos y trabajar por lo que queremos llegar a ser, como individuos, pero también como sociedad. Ya encontraremos la manera, lo importante es no renunciar a la tarea, ni hoy, ni mañana.