Viviendo contigo

La letra de una canción dice así: “Tantos pensamientos que no puedo sacar de mi cabeza. Trato de vivir sin ti, y cada vez que lo hago, me siento muerto”.


Créanlo o no, escuchar esto trajo a mi mente a Dios. Cuando nos sentimos bien hacemos todo lo posible por excluir a Dios de nuestra vida —permaneciendo incrustados en nuestros teléfonos o en la computadora, en el trabajo, en la carrera, en el entretenimiento, en las redes sociales, en la Internet, en las telenovelas, en el amor romántico, y en mil cosas más que se puedan añadir dependiendo de nuestros contextos particulares. Dios no es importante. O lo es solo cuando lo necesitamos.


Cuando ese “bien”, aludido antes, desaparece. Pero lo cierto es que una vida sin Dios y sin el concurso de su Espíritu administrando, instruyendo, auxiliando, corrigiendo y mostrando cómo se debe vivir, siempre será una vida que se sentirá como muerta; con un vacío indestructible que necesitará ser llenado.


Por eso adjunto a continuación tres consejos pertinentes. Uno: no dejarse engañar, Dios es lo mejor para nosotros y lo que realmente necesitamos (Santiago 1:17). Dos: incluir a Dios en todas esas cosas que hacemos cuando nos sentimos bien; no es difícil vivir con Él porque Él nos ama y está siempre dispuesto a vivir con nosotros (Juan 3:16; Apocalipsis 3:20).
Y tres: decir de corazón las palabras de esta oración que alguien escribiera de forma anónima: “Dios, perdóname cuando empiece a alejarme de Ti. Sacrificaste todo por mí y aun así todavía lucho por darte toda mi atención.


Así que haz que las distracciones de este mundo me sean desagradables. Acércame a Ti cuando empiece a desviarme y ayúdame a mantener mis ojos fijos en Ti. En el nombre de Jesús, amén”. Que ese sea, pues, nuestro deseo constante, y que Dios nos ayude a no tratar de vivir más sin Él porque hemos entendido que es muchísimo mejor vivir más con Él.