Más ejemplares que nunca

Aunque los padres no siempre estemos conscientes, nuestros hijos, no importa la edad que tengan, nos observan detenidamente y, peor aún, nos imitan, nos copian. Imitan el tono de voz, el vocabulario, la manera de andar y de sentarnos, la forma como cruzamos la pierna, las reacciones, las valoraciones que hacemos de los acontecimientos, las personas y las cosas, etc.

Nuestros hijos e hijas están ahí, como testigos de nuestra vida, para su bien o para su mal. Y he dicho que también para su mal, porque si les damos mal ejemplo, si, continuamente, con nuestras palabras o con nuestros hechos, hacemos patentes nuestros defectos, y, más que eso, nuestra falta de lucha por combatirlos, en lugar de beneficiar su proceso formativo podemos estropearlo. Y, lo digo una vez más, ningún padre o madre de familia podemos dar ejemplo de perfección, porque eso es algo grotescamente inhumano; pero sí de batalla constante y permanente en contra de nuestras imperfecciones, de nuestros vicios.


Claro está que lo más importante que podemos transmitir a la prole son nuestros valores, pero como esos son ideas y no se ven, sino hasta que se encarnan en hábitos éticos, en virtudes humanas, es indispensable que modelemos en ella, en la prole, en los hijos, unas conductas que son, a la vez, el receptáculo de los valores y su manifestación práctica.

Para decirlo con mayor claridad: para que un hijo interiorice y viva el valor del respeto, debo enseñarle a conducirse de modo que este se muestra externamente, así le ayudaré a no levantar la voz cuando no hace falta, a no interrumpir a las personas cuando están en el uso de la palabra, a seguir las señales de tránsito, a no “colarse” en las filas, a no estacionarse en los sitios reservados a los mayores, las embarazadas o a los que presentan retos de movilidad. Para que quede más claro: si quiero que mis hijos lleguen a ser responsables, debo comenzar por darles deberes en casa, no sustituirlos en todo aquello que puedan hacer por sí solos o dejarlos que asuman las consecuencias de sus actos, sobre todo de los malos.


No se trata de ponernos nerviosos ante la mirada escrutadora de los hijos, pero sí de tener perfecta conciencia de que lo que decimos, y cómo lo decimos, lo que hagamos, y cómo lo hagamos, tendrá una repercusión directa en la construcción de su personalidad. Y como también el ambiente fuera del hogar influye sobre ellos, con tanto mal ejemplo que anda por ahí, estamos obligados a apretar, a poner más intención formativa en nuestro propio proceder, a ser más ejemplares que nunca.