Por un valle de muerte

Hace un par de años, en una conversación con personas que desde distintas perspectivas realizaban una labor social, surgió una pregunta: ¿cuál es el principal problema que está contribuyendo a que los hondureños consideren emigrar, especialmente los jóvenes? La pregunta está vigente.

Seguramente estaremos de acuerdo en que el fenómeno migratorio, especialmente el de las caravanas, obedece a múltiples causas, pero quizás la más relevante es la debilidad institucional y el fortalecimiento de la impunidad en el país.

Como sociedad, poco a poco perdimos la sensibilidad hacia aquello que es ilegal y de manera particular, antiético. La corrupción ha invadido todos los espacios, hasta volverse intolerable.

Es justo mencionar que ha habido múltiples voces señalando lo que desde hace años sucede en el país; sin embargo, rápidamente se convierten en objeto de descrédito y de mofa de quienes burdamente defienden el statu quo.

En Honduras la gente muere, pero no solamente por la pandemia, sino también por una falta añeja de servicios de calidad en los dos pilares del desarrollo humano, salud y educación, en todas las etapas de la vida.

La gente muere lentamente ante la escasa posibilidad de movilidad social, ante la inseguridad ciudadana y la falta de empleo especialmente ante el cierre de empresas o la contracción de estas.

¿Qué hacemos por retener a nuestra gente? Hay muchas iniciativas impulsadas desde la cooperación internacional, las organizaciones no gubernamentales, las iglesias y las empresas socialmente responsables. Sin esa labor la realidad sería aún más difícil.

Sin embargo, mientras no mejore la situación en materia de paz, justicia y fortalecimiento institucional, así como de derechos humanos, que son temas en los que se requiere la articulación de esfuerzos multisectoriales, será difícil lograr un impacto de la misma magnitud del problema.

La situación por la pandemia ha acelerado algunos temas visibles: el incremento del desempleo, la deserción escolar, entre otros temas; pero además, para los jóvenes el distanciamiento social o por lo menos los cambios en la forma de relacionarse, podría socavar aún más el débil sentido de pertenencia grupal, tan necesario para la cohesión social.
El desapego puede ser una consecuencia no prevista de la pandemia, que sin duda contribuye a fortalecer el deseo de emigrar.

Todo parece indicar que la estrategia de disuasión no pasa solamente por apelar al peligro del camino y despertar el miedo. Nuestra gente parece estar curada de espanto.

La estrategia pasa invariablemente por mejorar las condiciones de retención de la población.
Mientras no comprendamos la relevancia del estado de derecho, en todos los ámbitos de la vida nacional, y no exista una verdadera intención de mejorar, observable en las acciones de quienes tienen las riendas del país, la situación será muy difícil de revertir.

Estamos pasando por un “valle de sombra de muerte”, utilizando la frase de un salmo bíblico. No solamente los que se van, sino también los que nos quedamos, aunque sin duda en distintas dimensiones.

En Honduras mueren muchas personas y también muchos sueños, no permitamos que fallezca la esperanza de un mejor futuro, ayudemos a recuperar ese sentido de pertenencia, despertemos la conciencia y contribuyamos a generar las oportunidades para salir adelante. No nos cansemos de hacer nuestra parte, que no muera la fe.