Boato o liturgia

Desde niño he sido un admirador de la historia, la arqueología y las distintas culturas, estoy a favor del mecenazgo y el patrocinio de todo aquello que nos ayude a conocer, valorar y preservar el pasado de la humanidad. Por eso el sábado 3 de abril he seguido con fascinación el fastuoso desfile del traslado de los 22 faraones (18 reyes y cuatro reinas) del antiguo Egipto, al nuevo Museo de la Civilización Egipcia en El Cairo, denominado “el desfile dorado de los faraones”. De acuerdo a la Dra. Salima Ikram, profesora de egiptología de la Universidad del Cairo, este esfuerzo está totalmente “justificado”, porque “al hacerlo así, con tanta pompa, las momias reciben la atención merecida, pues son los Reyes de Egipto, son los faraones y es una forma de mostrar respeto”.

Meditando en estas palabras de la Dra. Ikram, dadas a la agencia de noticias alemana DW, y al ver las miles de reacciones positivas y de admiración a dicho despliegue de lujo y esplendor, en homenaje a esta cultura (para mostrar respeto). Me vienen a la cabeza las miles de críticas que una y otra vez recibe el Vaticano, y la Iglesia católica por la dignidad, el cuidado y la elegancia de sus ritos, ceremonias y procesiones (sobre todo en Semana Santa). Son tantas, tan frecuentes y tan feroces, que terminan acomplejando la participación de los fieles e incluso muchas veces al mismo clero, que cae intimidado por los señalamientos, y terminan reduciendo al máximo los signos, los gestos, la belleza, la elegancia y la dignidad de los ornamentos por hacer lo que supuestamente es “políticamente correcto”.

Mostrar una supuesta “pobreza” como “virtud”, que no tiene nada que ver con el verdadero sentido del culto, pues desde siempre en la Iglesia ha existido una íntima relación entre la caridad, la justicia, la celebración y la transmisión de la fe, los pobres han ocupado un lugar privilegiado en la liturgia cristiana. El papa emérito Benedicto XVI nos dice: “Las “liturgias de la tierra” deben hacer presentir la belleza de la liturgia, que se celebra en la Jerusalén de arriba, meta de nuestra peregrinación en la tierra”.

¡Así va el mundo¡ mientras se elogia y aplaude el boato y el lujo del traslado de unos cadáveres momificados, ciertamente no cualesquiera, pero cadáveres al fin (por respeto). Parece obviar que Egipto es un país en donde más de un tercio de la población vive en la pobreza y un 26% subsiste con menos de dos dólares al día. Desde un doble discurso moral, la sociedad ataca, con odio y saña la belleza del culto a Dios, que ofrece una institución que según el semanario especializado The Economist, es la organización no gubernamental que más ayuda a los pobres y necesitados en el mundo, con más de 115,352 instituciones benéficas alrededor de todo el planeta.

Por lo tanto hermanos, esmerémonos en el desempeño litúrgico, que cada capilla por humilde que sea, se esfuerce por expresar la mayor dignidad posible en el culto, que se ofrece no solo por respeto, sino por amor, alabanza y adoración al Dios de vivos y no de muertos.

No dejemos que el esplendor de hacer posible que el cielo se baje a la tierra, a través de la liturgia, se vea diezmado por complejos absurdos o por conceptos erróneos de supuesta “pobreza” o “humildad”, pues como nos recuerda el papa emérito: “ La belleza de los ritos nunca serán lo suficientemente esmerada, lo suficientemente cuidada o elaborada, porque nada es demasiado bello para Dios que es la hermosura infinita.