Para eso estamos los padres

Con las casas convertidas en escuela y las aulas distribuidas a través de ellas queda cada vez más claro que los padres somos los primeros y más importantes educadores de nuestros hijos; que hemos delegado en la escuela buena parte de su formación intelectual, e, indirectamente, algo de su formación volitiva y afectiva, pero que nuestra tarea es y será indelegable e irrenunciable.


Los profesores les enseñarán a sumar y a leer, álgebra e informática, que les resultarán muy útiles en la vida; pero lo fundamental, aquello que les va a permitir la construcción de una personalidad con la que deberán enfrentar el mundo y todos sus desafíos, solo se lo podemos enseñar los padres…que para eso estamos.


Se puede renunciar a un puesto, a la práctica de un deporte, a la ejecución de un instrumento musical; se puede renunciar, por motivos de salud, a ciertos alimentos y a bebidas, pero, a la paternidad, a la maternidad, a menos que estemos mal de la cabeza, nunca.


Y hoy, más que antes, urge que, aquellos que en un momento de nuestra vida decidimos, libremente, traer hijos al mundo, asumamos con gallardía, con coraje, con audacia, ese rol de transmisores de valores, de promotores de la práctica de virtudes humanas, del desarrollo de hábitos éticos, porque, así como están las cosas, la calle no va a enseñarles nada bueno, y, más bien, intentará arrasar lo que nosotros hayamos edificado.


Basta con mirar alrededor para darnos cuenta que las ofertas que, desde distintos ámbitos, se hacen a nuestros hijos, en nada contribuyen a su formación integral.


De ahí que, la batuta sea nuestra, y que la futura conducta de los hombres y mujeres que luego se incorporarán a la vida social, a la vida ciudadana, es responsabilidad nuestra.


La superficialidad, el materialismo, el éxito fácil, el sentimentalismo, el pasarla bien, el rechazo al esfuerzo, la destemplanza, están a la orden del día.


Los pésimos modelos de conducta desfilan ante los nuestros en una pasarela que resulta atractiva y que les produce fascinación. Además, su natural inmadurez los vuelve presa fácil del vicio y de los comportamientos reprobables.


De ahí que a los padres nos toque hacer de muro de contención, de tamiz, de filtro indispensable, para ayudarles a pensar, a diferenciar lo bueno de lo malo, lo nocivo de lo saludable, lo virtuoso de lo corrupto.
Para eso estamos los padres, no nos distraigamos en tonterías, cumplamos con nuestra principal tarea, con nuestra más importante obligación.