Aquellos días

Aunque, con el paso de los años, se ha ido acentuando el proceso de desacralización de la Semana Santa, lo cierto es que, para muchos, y me incluyo, continúa siendo un tiempo en el cual el parón laboral y el silencio que suele envolver a la ciudad resulta útil para dedicar más tiempo a la familia y para reflexionar con calma sobre el sentido y las repercusiones que los hechos históricos que se rememoran en estos días han tenido y pueden continuar teniendo en nuestras vidas.

Crecí en un hogar en el que la fe era importante, aunque exenta de fanatismos, y la Semana Santa se vivía con cierta intensidad. Desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección, los días estaban marcados por las procesiones en Juticalpa y el descanso familiar en la casa de campo que mis padres poseían en sus alrededores. La conversión de la Semana Mayor en pura actividad veraniega aún no se había dado, aunque los ríos que cruzan cerca de la ciudad ya desde entonces se llenaban de gente.

El día más esperado acostumbraba ser el Viernes Santo; primero, por el multitudinario vía crucis que se desarrollaba entre La Placita, entonces en el extremo sur de Juticalpa, y la hoy iglesia catedral, que todavía, cuando yo era niño, no tenía rango de sede episcopal, porque aún no era cabeza de diócesis; y, por la noche, por el Santo Entierro, que recorría buena parte de las calles de mi ciudad natal. Algunas de las “estaciones” de esta procesión nocturna eran “cuadros vivos” en los que se habían invertido varias semanas de preparación y que eran un festín para mis ojos. La teatralidad de cada una de ellas me impresionaba. En lugar de acompañar la procesión, me adelantaba para contemplar con mayor detenimiento los disfraces, los escenarios y los personajes que formaban parte de las representaciones de las distintas escenas de la Pasión. Esa catequesis visual se mantiene fresca en mi memoria, después de tantos años.

También atesoro con nostalgia los recuerdos de aquellos días serenos al lado de mis padres y de mis hermanos. Aunque no me gustaban, y todavía no me gustan, las tortas de pescado seco, sí disfrutaba las capirotadas recién fritas y mejor antes de ser sumergidas en sopa. Y las rosquillas en miel, buñuelos les dicen en Olancho; y las torrejas, que para entonces solo se disfrutaban en esta época del año y nunca para Navidad como en el resto del país. Cierro los ojos, y, como en una película, veo aquellos rostros que hicieron de mi infancia y primeros años de juventud un edén, y que sentaron las bases para que hoy valore tanto mi fe y mi familia.