Recuperar lo perdido

Primero nos dijeron que nos quedáramos en casa, que evitáramos relacionarnos con personas ajenas a nuestra familia de manera directa, que olvidáramos el cara a cara, ya que así romperíamos el círculo de transmisión del virus maldito y evitaríamos los contagios. No de muy buena gana, pero, por miedo, la mayoría obedecimos. Además, estaba todo cerrado y no había sitios en los que coincidir.

Nos dijeron, también, que nos cubriéramos la nariz y la boca. Aun así, continuamos sonriendo, porque no podíamos desarraigar un hábito tan bonito y necesario de un día para otro.

Todavía lo hacemos cuando nos topamos con algún conocido e, incluso, cuando a alguien se le ocurre tomar una foto, en la que resultamos irreconocibles porque enmascarados no es fácil saber quiénes somos. Por lo que hemos aprendido a comunicarnos mejor con la mirada, que, aunque no puede sustituir a la boca, se ha visto obligada a expresar una amplia gama de sentimientos sin la ayuda del resto del rostro, cosa que no ha resultado nada fácil.

También nos recomendaron dejar de estrechar la mano, de abrazar y, por supuesto, de besar, ya fuera por cariño o por cortesía. Querendones, como somos los latinos, hacemos todo tipo de muecas, como simular un abrazo a la distancia o enviar besitos por vía aérea, aunque lo que se nos antoje sea apapachar al otro o a la otra.

Y, por supuesto, nos pidieron que nos laváramos las manos cada vez que pudiéramos. Felices deben estar, todavía, los fabricantes de jabón y todo tipo de geles, alcoholes y desinfectantes.

Se popularizó, además, un barbarismo horrible: “sanitizar”, copia burda del inglés, cuando tenemos suficientes verbos castellanos para señalar la acción de desinfectar o higienizar. La verdad es que, sin caer en la manía, ya muchos teníamos ese hábito indispensable para conservar la salud, gracias a la labor de nuestros padres y nuestros hermanos mayores.

De modo que, durante casi un año, hemos dejado de hacer las visitas que acostumbrábamos, hemos dejado de sonreír, de dar la mano, de abrazar, de besar, de percibir el calor de otros cuerpos.

Pero, ahora, con la llegada de la vacuna, aunque se nos ha advertido que tomará tiempo volver a la “normalidad” y que habrá que continuar dando dinero a los fabricantes de mascarillas, nos acercamos al momento de recuperar lo perdido, al momento de saludar como se debe, de experimentar el tan beneficioso calor humano y, sobre todo, de recuperar la confianza, porque dejaremos, por fin, de tenernos miedo. Que sea pronto.