Unidad y oposición

A juzgar por los elevados niveles de crispación y por el preocupante clima de polarización política, lo más seguro es que después de las elecciones internas y primarias del próximo 14 de marzo los tres partidos políticos que participarán en ellas, seguramente, saldrán más fracturados de lo que parecen estar y con grietas más anchas y profundas en sus estructuras internas.

Son catorce los llamados movimientos políticos que tomarán parte en este ejercicio electoral interno. La proliferación de siglas parece una sopa de letras. Algunos de ellos no representan mayor fuerza organizativa y ni siquiera tienen militancia suficiente como para aspirar a todos los cargos de elección popular. Son pequeños grupos que se organizan en torno a un personaje, por lo general calculador y avispado, que hace oposición para conseguir una buena posición al momento del reparto de las cuotas de poder.

Muchos de esos grupos o facciones se identifican con un “ismo”, generalmente derivado del apellido de su principal dirigente, como si fueran plataformas filosóficas asociadas con el “pensamiento” del líder. Los “ismos” proliferan y se multiplican, dando la impresión de que la campaña electoral es una verdadera batalla de ideas, en la que se contraponen, con profundidad doctrinaria, conceptos, tesis y propuestas de variada consistencia intelectual y alcance programático.

Pero no hay tales. Son pocos los líderes políticos que guardan la compostura y mantienen una aceptable seriedad en sus planteamientos y ofertas. Otros son simples repetidores de lugares comunes y consignas resabidas. Confunden la tribuna con la barricada, y sus discursos, cargados de promesas demagógicas y ofertas sin perspectiva de cumplimiento, lucen siempre atrapados en la lógica caótica de la ausencia de horizonte.

La política sin ideas no es política. Puede ser competencia vacía o intercambio de improperios, descalificación mutua, vano ejercicio de publicidad cursi. Un espectáculo lamentable.

Ante la ausencia de planteamientos serios y doctrinariamente sustentados, los electores tienden a desinteresarse de la actividad política. La similitud en los lemas y ofertas electorales genera, más temprano que tarde, indiferencia en el electorado. La falta de diferencias en las propuestas de los grupos políticos sustenta la indiferencia y el desencanto entre la ciudadanía. La gente se cansa y da paso al hastío, expresa su hartazgo y la desafección política.

Por eso se afirma con mucha frecuencia que los partidos políticos suelen experimentar “crisis de representatividad”, es decir, se vuelven cada vez menos capaces de procesar las demandas sociales y actuar como una eficiente correa de transmisión entre la sociedad y el Estado. Y por eso mismo, otras organizaciones les van sustituyendo gradualmente en su rol arbitral en la conflictividad política del país.

Si en verdad los partidos participantes en el ejercicio electoral del próximo marzo salen más divididos y vulnerables después de ese torneo, las posibilidades de construir una plataforma unitaria en las filas opositoras lucirá más lejana y difícil. O, a lo mejor, se produce una recomposición de los perdedores para dar la batalla juntos en las elecciones generales de noviembre. Pero, sea como sea, el escenario político actual ya no será el mismo, aunque siempre conservará sus características de confrontación y virulencia.

A nadie le gusta perder y no son muchos los que están preparados anímicamente para una derrota. Al expresidente chileno Salvador Allende se le atribuía una frase bien lograda y premonitoria. Luego de perder su tercera elección, tranquilizó a sus desvaídos seguidores con una expresión memorable: al morir, quiero un epitafio que diga “Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile”. No abundan los aspirantes con esa vocación persistente en la que se combinan la perseverancia, el optimismo y el sano humor.

No descarto que algunos de los futuros perdedores de marzo querrán salir y hacer tienda aparte, alegando irregularidades y abusos por parte de los ganadores. Si eso es así, la unidad de la oposición seguirá siendo una quimera. Ojalá me equivoque.