Desde la indiferencia no se educa

Cualquier ejercicio profesional de calidad exige del que lo realiza pasión por lo que hace. Desde el investigador que trabaja en un laboratorio de última generación hasta el constructor que pega una fila de bloques tras otra, si no descubre en su labor el placer de llevarla a cabo con un fin noble o que le dé sentido, no deja de ser un pobre desgraciado que suda solo por ganarse el pan. Y es que hay una íntima conexión entre la actividad laboral y el sentido de la vida.

De ahí que desde hace tiempo se hable de aquello que se ha dado en llamar salario espiritual, y que no es más que el descubrimiento de la trascendencia que tiene aquella actividad, que no solo nos provee comida, techo o salud, sino también gusto por lo que hacemos, realización personal, en resumen felicidad.

Hay, sin embargo, un ejercicio profesional que supera todos los posibles estadios o niveles de satisfacción personal, uno que reporta el más alto salario espiritual imaginable y que nos llena los bolsillos del alma de una manera insospechada. Me refiero, por supuesto, a la labor docente.

El magisterio, no importa en el nivel en el que se desarrolle, desde el parvulario hasta la universidad, cuando se ejerce por vocación auténtica y no por una especie de mercenariazgo es, sin que me quepa la más mínima duda, la profesión que produce las mayores satisfacciones, la de más trascendencia y la que reporta las mayores ganancias en cuanto a las existencias sobre las que se deja huella y la cantidad de cariños que se conquistan y que perduran para toda la vida.

Eso sí, para que lo anterior sea real, para que sea posible, es indispensable saber meter el corazón. Un profesor, no importa el nivel educativo en el que se desenvuelva, repito, ya sea que tenga que tirarse al suelo para enseñar a caminar a un niñito en una guardería o enseñe a doctorandos, que no trasmita calor humano, que no irradie simpatía, no será, en el fondo ni en la superficie, un educador verdadero. Porque, para usar los mismos ejemplos usados al comienzo, si un investigador metido en un laboratorio no está realmente interesado en llegar al fondo de su estudio, o un constructor no alinea correctamente los ladrillos o no prepara adecuadamente la argamasa, los resultados de su labor serán más bien mediocres, defectuosos. Y si el docente pretende educar desde la indiferencia, desde el desamor, desde la distancia afectiva, realizará apenas una mecánica transmisión de fríos conocimientos, evacuará unos contenidos, pero no habrá contagiado a sus estudiantes de entusiasmo por aprender, por hacer de los estudios una auténtica preparación para la vida.