Sin miedo

Si pudiera resumir en una sola frase cuál es el mayor deseo que tenemos los hondureños, quizás esa sería vivir sin miedo, pero no como consigna política, sino como una genuina aspiración popular.

En pocos años hemos visto como hemos acumulado experiencias, que nos han llevado a un estado casi de insensibilidad ante lo que sucede en el país, al grado tal de acoger la corrupción como parte de nuestro día a día, incorporada tanto en las pequeñas acciones, como en aquellas enormes de gran impacto colectivo.

Hemos asumido que debemos aceptar los abusos y la ley del más fuerte, ante la imposibilidad de contar con instituciones que velen por el bienestar del pueblo, por encima de intereses particulares.

Nos acostumbramos a no protestar, por miedo de encontrarnos con quien sabe qué oscuridades y quizás por no correr riesgo de desprestigio, especialmente en esta época marcada por la desinformación.

Así, como un efecto de bola de nieve, hemos sido tolerantes a los escándalos, uno tras otro, con el correr de los años. Aceptamos las promesas incumplidas, el compadrazgo grotesco y el juego de poner al pueblo como excusa para obtener privilegios.

Lo que sucede no es producto de nuestro pasado inmediato. Hemos venido construyendo a través de los años, poco a poco, esta terrible realidad. Veamos.

Argumentando la defensa de la Constitución de la República llegamos a la crisis política de 2009, con efectos terribles para el país completo; pero luego aceptamos la reelección, que implicaba pasar por encima de esa misma Constitución que antes nos preocupaba tanto.

Escuchamos con frecuencia que nadie está por encima de la ley y seguidamente se aprobó un nuevo Código Penal que sigue generando controversia.

Mientras sigue vigente el escándalo de los hospitales móviles y nos preguntamos cuándo vendrán las vacunas, crece la sensación de desamparo. La frase “sálvese quien pueda” se ha vuelto un lugar común.

Somos espectadores de un triste escenario en el que vemos cómo crean comisiones para investigar actos de corrupción que saltan a la vista, mientras tanto el pueblo muere, no como metáfora, sino como una realidad palpable.

El miedo nos ronda, no solamente ante la enfermedad, sino especialmente a la incertidumbre, a la falta de sensibilidad, al irrespeto a la dignidad humana.

Nos acecha el temor al desempleo, a la improvisación con temas tan relevantes en la vida del país, como la salud y la educación, mientras los vecinos avanzan.

Sentimos hastío ante las mentiras repetidas que contrastan con nuestra realidad; los “premios” que no son tales, el país de fantasía que alguna vez nos prometieron que sería admirado por todos.

La pandemia sumada a Eta y Iota ha desnudado el desastre en el que nos encontramos, que dista tanto de los discursos. Nos ha enfrentado con la muerte, no solo por la enfermedad, sino por la falta de recursos para hacerle frente.

Sin vacunas la reactivación plena de la economía está lejos. Sin estrategias reales, no aparentes, el futuro es sombrío.

El único asidero que nos queda es la fe en Dios y la certeza de que el tiempo pasa inexorablemente y tiene la cualidad de poner a cada uno en su lugar.

Sentir miedo es malo, si lo vemos como un obstáculo y nos provoca parálisis; pero puede ser también la oportunidad para despertar la conciencia y tomar decisiones sabias. Que encontremos el camino adecuado para transformar esa energía en un profundo deseo de cambiar.