Era digital: no a los “pequeños mensajes”, sí a los grandes

José Vicente Nacher

Definimos aquí “pequeño o gran mensaje” no por la extensión del texto sino por la profundidad de su contenido. No por quién lo envía, sino a dónde me lleva.

Y la primera pregunta sería, éste que estoy leyendo ¿de qué tipo es? Y la respuesta a esta pregunta es una de las más importantes para saber vivir en la era digital. Y como todas las respuestas importantes, nadie puede responder por mí.

La pregunta ¿a qué mensajes debo prestar atención? podría ser, aunque a mucha distancia, una versión digital de las grandes preguntas de la existencia ¿qué es la vida? ¿para qué vivir? ¿cómo vivir? La realidad es que quienes no se atreven a entrar a esas grandes preguntas, tampoco se atreven a los “grandes mensajes” (que son pocos y “están en lo secreto”), de manera que la vida se convierte en una suma de “pequeños mensajes” (que son muchos y permanecen en la apariencia).

Dicho esto, que hoy día es tan frecuente, muchas vidas son un como un collage de “pequeños mensajes” más o menos coherentes entre sí, que se mantienen siempre en lo externo de la persona, y que siendo lo único que tiene la persona, ésta viaja a su exterior buscando algo que nunca encuentra: a sí mismo.

Cuando rechazamos los “pequeños mensajes” no lo hacemos por su calidad moral, que puede ser de todo tipo, sino por su alcance reflexivo y espiritual. De hecho, el beneficio de un mensaje no está relacionado necesariamente a su bondad. Un mensaje negativo, si lo rechazo, me fortalece y purifica. Y un bello mensaje, si me acomoda o llena de vanidad, me hace falso y vacío.

Gran mensaje consideramos el que pretende iluminar amplios aspectos de la existencia social, personal, grupal, etc. Los pequeños mensajes pretenden mantenernos en un nivel menor de reflexión, nos dan la idea ya acabada, no nos piden el esfuerzo del pensamiento sereno y analítico. No hace falta decir que una educación deficiente, aunque llena de títulos, nos hace presa fácil de los pequeños mensajes.

Esos pequeños mensajes que nos alienan en un “pensamiento único” e incompleto. En cambio, los grandes mensajes no temen el debate, la pregunta o la revisión. Estos aceptan la mejora de sí mismos, y nos ayudan a que nosotros mejoremos de verdad.

Los “pequeños mensajes” abundan mucho y contribuyen a mantener nuestro espíritu crítico dormido. Y eso conviene a unos pocos. En cambio, los grandes mensajes no gustan a los manipuladores, porque despiertan las conciencias e interrogan más allá de la primera evidencia.

En el ámbito de los grandes mensajes situamos la dimensión espiritual y religiosa de la persona, la cual, partiendo de un precioso legado heredado de los mayores, abre su alma a la trascendencia.

Pero cuidado, también en este ámbito maravilloso de lo espiritual pueden entrar los “pequeños mensajes” con una batería inaguantable de imágenes con aparente bondad, que embotan nuestra mente con un barniz pseudorreligioso que nos impide “entrar en lo secreto”, allí donde solo nuestro Padre del cielo y nosotros podemos entrar, allí donde por fin no estamos solos, porque estamos abrazados por el Amor. Y es que los pequeños mensajes se mueven en la dimensión de los afectos y los sentidos, los grandes mensajes nos muestran que existe una dimensión más profunda de la Vida y el Amor.

El debate no es si entrar o no en la cultura digital, sino ¿qué tipo de mensajes conforman mi vida?