Malas palabras

Crecí en una familia en la que no se decían malas palabras. Ni a mis hermanos ni a mí se nos ocurría soltar una lisura delante de nuestros padres, ya que estábamos seguros de que habría un correctivo fuerte e inmediato. Y no era que alguna vez no criticáramos a los demás, pero lo hacíamos siempre usando adjetivos que no resultaran malsonantes, que no fueran bocanadas, malas palabras.

Nunca se nos dijo, porque, en efecto, no es así, que fueran moralmente ilícitas, pero sí se nos insistía en que eran poco elegantes y que desdecían de nuestra formación en el hogar, que ser mal hablado era propio de la gente sin cultura, de los “pencos”. No haré aquí una lista de los términos “prohibidos” en la casa en la que crecí, porque ya los lectores saben a los que me refiero, porque, al igual que yo, en más de una ocasión las han pronunciado, sobre todo en aquellos momentos en los que estamos visiblemente molestos y nos cuesta echar mano del tan importante y necesario autocontrol.

Además, no es de ese tipo de palabras de las que quiero escribir, sino de aquellas que, aunque hacen referencia a una cualidad, a una virtud, el cinismo que campea en estos tiempos las ha vaciado de su sentido original y las ha vuelto, precisamente, “malas palabras”.
Hablo para el caso de palabras como honestidad. De siempre profesar el valor de la honestidad o practicar la virtud correspondiente ha sido una aspiración legítima y valiosa.

Pero hoy, en ciertos ambientes, la honestidad es vista como un defecto, como un vicio que, en lugar de volvernos respetables, nos convierte en hombres o mujeres poco inteligentes, porque desaprovechamos las oportunidades de enriquecernos de manera inadecuada, de devenir en un corrupto más, de engrosar las filas de los que se dedican a traficar con sus influencias, de los “vivos” que se jactan de su poca vergüenza y de su proceder antiético. De modo que la honestidad o la honradez han sufrido una mutación semántica, tal que ser considerado honesto u honrado prácticamente equivale a ser considerado imbécil, poco listo, perdedor redomado.

Igual sucede con otros valores como la sinceridad o la transparencia. Ser diáfano, claro, de una sola pieza; ser un individuo sin recovecos, sin zonas oscuras, para algunos es una desventaja, porque una persona así no se prestará a negocios turbios ni a negociaciones bajo la mesa ni a comportarse de manera hipócrita. Ahora parece mejor actuar ladinamente, girar, como las veletas, según el viento que sople, según las circunstancias.

Suerte la mía, repito, de haber crecido en un hogar en el que no solo no se decían malas palabras, sino que, también, la conducta virtuosa era valorada, elogiada, y la viciosa, rechazada y jamás apetecida.