La patria ofendida

“Después de larga ausencia en que el recuerdo/ como un martillo me golpeaba a diario/ invitando al retorno presuroso…”, como dice el poema El Tamarindo del colegio, de Medardo Mejía, regresé un buen día a estas añoradas honduras. Ya para entonces había leído el magnífico poema de Jaime Fontana “Este volver a Honduras” y sabía lo que me esperaba en la patria ofendida.

Hacía ya muchos años que, forzado por la voluntad autoritaria del militarismo cerril y primitivo, me había visto obligado a abandonar el país y residir varios años en el extranjero. Fueron años de aprendizaje y aventuras, de ensueños y nostalgias, de recuerdos y vivencias, en los que la patria lejana siempre aparecía distante, a veces como una imagen borrosa o, de pronto, iluminada y fulgurante. Los recuerdos de la niñez inocente, el inicio de la adolescencia y la temprana experiencia de la cárcel y el exilio se habían combinado en mi conciencia para formar sentimientos contradictorios y confusos sobre el país en que había nacido. Bien decía José Martí: La patria es la infancia.

Al llegar al aeropuerto y sortear las miradas siempre desconfiadas y penetrantes de los agentes de migración, quedé de pronto detenido en el tiempo, vacilante, al divisar en las descuidadas paredes del antiguo edificio la foto casi insultante del viejo general, atribulado el pobre entre medallas y condecoraciones falsas, obtenidas todas como premios de hojalata por sus etéreas incursiones en guerras inexistentes.

Recordé la broma que solíamos hacerle en el colegio a un viejo coronel de cerro a quien llamábamos “General de Cien Batallas, que perdió noventa y nueve y empató una porque no llegó el enemigo…”, broma grosera de adolescentes irrespetuosos.

La entrada al edificio y el brusco encuentro con la imagen entorchada del general gobernante me devolvió a la realidad y a la inesperada comprobación de que nuevamente estaba en estas honduras. Sentí cierta pena, algo de tristeza contenida al comprobar que casi nada había cambiado, que el país estaba como congelado en el tiempo, gobernado por los de siempre, espadones salidos de la provincia, aldeanos con vocación de campanario.

He traído a cuento estos ya lejanos recuerdos ahora que compruebo, más con virulenta indignación que con tristeza reprimida, la lamentable situación en que se encuentra la deteriorada imagen de nuestro país a nivel internacional.

Los medios de comunicación más influyentes se han ocupado de estas honduras, destacando con énfasis asombrado las graves acusaciones que fiscales norteamericanos hacen cada tanto en contra de la cúpula gobernante actual y, en especial, del propio inquilino principal de la Casa Presidencial. La vacilante respuesta de los voceros del régimen produce grima, da pena comprobar su lamentable redacción y la debilidad argumental de su contenido.

En la prensa internacional y, por supuesto, en las incontrolables y a veces laberínticas redes sociales, se publican las diferentes versiones de la trama judicial que envuelve el nombre de políticos, funcionarios actuales y pasados, militares, policías y al propio gobernante, llevándose por delante la ya debilitada imagen del país que todavía tenemos.

Poco a poco, en lenta evaporación sinuosa, los hondureños comprobamos a diario el desvanecimiento de la patria ofendida, el imparable deterioro de su imagen, la desintegración gradual de su siempre inconclusa identidad.

Y lo peor de todo es que nunca acabamos de descifrar las razones de la indolencia, el descuido, la sospechosa indiferencia de la sociedad en su conjunto, que calla, protesta en voz baja en la tertulia familiar, como a escondidas, con el pudor cómplice de los indiferentes, carente ya de la antigua gallardía a la que rendía homenaje Medardo Mejía en su célebre poema dedicado al árbol de tamarindo que reinaba majestuoso en el patio de su viejo colegio. Ojalá algún día volvamos a ser la vieja “tropa bullanguera” que marchaba feliz a lides de fracaso o de victoria.