Los sueños se diluyen

Crecí escuchando que había que luchar por ideales, por principios y por el bienestar no solamente propio, sino también de los demás, aunque esa palabra plural a veces se refiriera a unos pocos, de acuerdo con las posibilidades de cada quien.

Más allá de los sueños propios, están los sueños compartidos, aquellos que nos unen y que crean lazos por encima de las diferencias; los sueños que nos amalgaman y que nos hacen tener sentido de nación.

Crecí al mismo tiempo que la radio llamaba a la población a crear “una Honduras verde para el año dos mil”, así como la invitación a alfabetizar. Escuchaba las frases alentadoras sobre un futuro promisorio para el país, que aún no llega, a pesar de los años y con el peso de ellos.

En ocasiones pienso que me faltará vida para poder ver aquellos sueños añejos convertirse en realidad; ni siquiera sé si mis hijos podrán algún día ver algo mejor a lo que hoy acontece en Honduras.

Esa realidad percibida parece que es compartida por muchos, especialmente los jóvenes. Recientemente, el Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep) dio a conocer los resultados de un estudio sobre la Generación Y o millenial en Honduras. Ese cohorte generacional se refiere a las personas nacidas entre 1980 y el 2000.

El estudio hecho en 2020 ofrece datos muy interesantes, por ejemplo, que el 61% de los encuestados considera emigrar del país, si tuviese la oportunidad, y el mismo porcentaje no votaría si las elecciones fueran hoy (el año pasado).

Esos datos pueden dar lugar a muchas conclusiones, quizás la más evidente sea el desencanto de esa generación con la realidad percibida en Honduras, un enorme reto para aquellos que han asumido ser precandidatos a cargos de elección popular.

La realidad no es una sola, sino que se construye a base de múltiples percepciones, de allí que sea tan valioso conocer qué opina este grupo poblacional que se encuentra en plena etapa productiva.

Por ahora, los discursos políticos parecen no tomar en cuenta el potencial de esa generación, traducido en caudal electoral. Lejos de eso, sus mensajes carecen de empatía y parecen lejos de provocar una verdadera identificación con las inquietudes de la población joven.

Es triste escuchar en la radio, por ejemplo, a uno de los precandidatos a la presidencia de la República, manifestar que es uno de los presidentes de los poderes del Estado que menos denuncias tiene. Es difícil encontrar algo que rescatar en esa desafortunada declaración.

Por otra parte, están quienes creen que la contienda electoral es un concurso de baile o de belleza. Es realmente triste ver cómo algunas candidatas refuerzan con sus “propuestas” la imagen de la mujer- objeto, sin siquiera hablar, pero sí mostrando su cuerpo.

La popularidad parece pesar más que la credibilidad; la provocación de emociones, por encima del pensamiento. Así están jugando con nuestro futuro compartido, en el que obviamente hay una gran mayoría que lleva la peor parte.

Los sueños se diluyen cuando nos damos cuenta que no hay evolución de contenido, sino solamente de medios, con la facilidad de las comunicaciones en la era digital.

Hoy acumulo madurez, todavía soñando en que quizás podré ver un verdadero cambio en Honduras, cuando la gente sepa valorar las ideas y esté menos dispuesta a conformarse con la mediocridad y a aceptar la corrupción como un rasgo cultural.

Ahora, como nunca antes, sueño con una juventud con determinación a prueba de todo, capaz de luchar con más fuerza que mi propia generación. Ojalá lo logren, en sus manos está el futuro y ese no debe diluirse.