Campaña política de altura

Los insultos no hacen mejor ni vuelven más noble ni más grande a nadie. Las descalificaciones, las ofensas, las palabras malsonantes, terminan volviéndose en contra de quien o quienes las emiten y difícilmente ayudan a conquistar la voluntad de los electores. Un líder auténtico, una persona que pretende convertirse en el guía de la nación o en el padre de la patria debe ser alguien capaz de conjuntar aspiraciones, de unir a la población alrededor de unos mismos objetivos, y no alguien que haga de la división el recurso para acceder al poder.

Además, en un contexto, en una coyuntura, como la que Honduras atraviesa en estos momentos, con una pandemia que se prolonga y con las consecuencias de dos fenómenos naturales de carácter catastrófico, lo que menos quiere la gente es escuchar diatribas y acusaciones ni ser testigos de siembras de odio. El pueblo hondureño hoy necesitaba hombres y mujeres capaces de resanar tantas heridas y de llevar a cabo un verdadero proceso de reconciliación, de unidad, de recuperación de la sana hermandad.

Una campaña política inteligente y de altura no puede ni debe partir de la pretensión de poseer el monopolio de la razón y la verdad, ni de convertir cada alocución pública en un vertedero de ponzoña con la que se busca eliminar al contrincante, y menos en el proceso interno al que nos acercamos. Cuando un precandidato busca destruir a un correligionario corre el riesgo de producir fracturas partidarias, tales que, luego, en las elecciones generales, pasan factura. La futura lealtad a un candidato presidencial se fragua en un ambiente de diálogo y de respeto. Si eso no se hace, las divisiones se perpetúan y el resentimiento, el rencor, que se ha generado dificulta mucho la unidad ante el adversario común.

De ahí que tanto en las fuerzas políticas tradicionales como en el partido Libre, formado, en su mayoría, por antiguos militantes liberales, debe privar el consenso, el deseo de construir un proyecto partidario común, un ejemplo de entendimiento entre hondureños que participan de las mismas preocupaciones. Lo contrario en nada abona a la paz social, al desarrollo común ni al fortalecimiento de la convivencia democrática.

La colectividad entera no espera menos. Los errores del pasado deben superarse y quedar atrás. El país exige un liderazgo distinto, renovado, inteligente, acorde con el momento histórico que nos está tocando vivir.